martes, 14 de febrero de 2017
Romance contra machismo
jueves, 19 de enero de 2017
La magnolia
Hoy vengo a contar una historia. Una ordinaria, que trata sobre una historia mediocre, pero que para mí siempre cabrá en lo más profundo de mi alma. Hoy vengo a hablar de su historia.
Mi madre se llama Zamara. Ella me contaba siempre con gracia mientras me trenzaba el pelo cómo conoció a mi padre en Triana canturreando por la ventana de su casa bulerías. Un instante, un segundo, y su vida cambió. Y ya nada fue igual.
Según me contó, ella vivía en condiciones deplorables y cuando se casaron mi padre compró una pequeña y pintoresca casa en Cazalla de la Sierra, un pueblo pequeño, para empezar una eterna y renovada vida juntos. Y como prueba una vez más de su amor, sellaron su compromiso plantando una magnolia, un árbol que todavía luce en el jardín.
Primero me tuvieron a mí, diez años antes que mi hermana. Ambas tenemos el pelo asalvajado y caoba de mi madre. Yo heredé los ojos color café de mi padre y mi hermana el glacial verde de mi madre. En general, vivíamos en armonía, cada uno contento con lo que tenía, y sin molestar a cualquiera ajeno al núcleo familiar. Recuerdo que un día traje una lenteja entre algodones preparada para que de esa cáscara marrón y fea emergiese un bonito y rizado brote verde de clase. Pasaron los días, y alguna que otra semana y seguía igual, y de las de todos mis compañeros había surgido un lustroso ramillete preparado para ser trasplantado a una maceta . Creo que no pillé berrinche más grande en mi vida cuando me contaron aquello. Mi madre, en cuanto me vio, me acunó y me meció hasta sosegar mi enfado. Su corazón se movía acompasadamente con el mío, y el espacio entre sus brazos ofrecía un ambiente acogedor, una lluvia frenética en aquel baldío que era mi pesar.
- Tesoro - me susurró al oído- no lo has regado, así no puede salir.
Y lentamente, fue al grifo y llenó un vaso de agua y me lo tendió con una sonrisa.
- Vamos, ya verás cómo crece.
Lentamente, lo eché, con esmero, observando cómo los algodones absorbían el agua como esponjas y se llenaban rodeando a la lenteja, como formando un almohadón.
Y vaya si creció. En tres días estaba saliendo ya un brote verde, fuerte y sano. Corriendo, fui a enseñárselo a mi madre. Ella sonrió y me apartó el pelo de la oreja con cariño.
- ¿Has visto, lentejita? Ha crecido. Porque de eso va la vida. De rebrotar, emerger, creer... y sobre todo, de amar hasta la última gotita que eches a tu árbol.
Yo en ese momento no lo entendí, así que simplemente sonreí y fui a enseñarle a mi padre la planta.
Éramos de felices, sí. Pero todo tiene que torcerse en algún momento. Tenía ocho años cuando mi madre enfermó. Ella, sus rasgos de gitana, y su pelo rizado no se inmutaron. Su cara con el paso del tiempo fue languideciendo, blanqueándose como las casas del pueblo cuando las pintaban. Y su melena rizada fue desapareciendo, mechón a mechón, pelo por pelo. Ella siempre bromeaba con que tenía que cambiar de peluquero puesto que nada era comparable con la faena que le había hecho.
Y así pasaban los días, entre toses, alopecias, visitas al médico, y lentejas. Pero un rayito de sol apareció entre tanta negrura, una huella de ángel. Mi madre descubrió que estaba embarazada de dos meses. Y entonces, algo cambió en su rostro y aquello le hizo vivir y no ir tirando como entonces, como decía ella: "he nacido tres veces: una por mí y otra por cada hija". Sonreía, cantaba bulerías, e incluso decidió coger un pequeño perro bodeguero que se encontró por las calles angostas del pueblo, le llamó Florentino. Aquel perro era el alma de la casa, cuando mi madre le cantaba se sentaba y le miraba expectante, con sus redondos ojos abiertos de par en par. Parecía que la casa volvía a estar respirando vida y exhalando la tensión que se palpaba los últimos meses.
Por fin, tras varios meses y meses de espera, mi madre "renació" por segunda vez y tuvo a mi hermana pequeña.
Creo que hay cosas que te marcan, pero la expresión de amor de mi madre, pálida y lánguida al sostener aquella pequeña criatura me generó escalofríos. Pero de felicidad. Tenía la misma expresión que cuando me ayudó a que crecieran mis lentejas, que cuando me enseñó que la vida consiste en rebrotar. Mi padre estaba al lado, agarrándole el hombro, y conteniendo profundas lágrimas de felicidad. Me tendió el enorme brazo y me cogió en volandas. Los cuatro nos fundimos en un intenso y cerrado abrazo, que hizo que todas las penurias que habíamos pasado en casa, todos los dolores, angustias y quebraderos de cabeza hubieran sido nada comparado con ese momento.
- Tú vas a ser mi pequeño brote- le susurró juntando la nariz con la suya- Un brote, Esmeralda.
Los días pasaron llenos de alegría y jolgorio con Esmeralda y Florentino en casa, parecía que eran almas gemelas.
Sin embargo, un día de madrugada, escuché vagamente desde mi cama unas arcadas en el baño, continuadas, y muy fuertes. Asustada, fui a ver lo que era. Por la rendija, vi a mi madre recolocada sobre el váter vomitando potentemente, y mi padre sujetándole del brazo. Dudé si entrar, pero por fin cesaron las arcadas. Mi madre, con la boca roja, raquítica, y más mortecina que nunca, rompió a llorar sobre el regazo de mi padre. Un llanto bajo, pero desgarrador. Mientras lloraba repetía por lo bajo "Me muero" seguidamente.
Volví a la cama, pero no pude volver a dormir en toda la noche.
Al día siguiente, mi padre fue a llevarle al hospital. Le ingresaron de emergencia y se pasó semana y media o más ahí. Mi padre se ocupaba de nosotras dos, y me encargó que yo pasease a Florentino y que regase la magnolia. Todas las tardes y todas las mañanas llevaba a Esmeralda para que mi madre le diese el pecho y para llevarle una flor. No sé en qué estado estaría mi madre, pero la expresión de demacramiento con la que volvía siempre lo decía todo.
Un día no pude evitar más el tema y le tuve que preguntar.
- Papá, mamá se está muriendo, ¿no?
Mi padre me miró fijamente. No dijo nada, lo único que hizo fue abrazarme fuertemente. Noté cómo mi pequeña y tupida cabeza se humedecía.
- Mañana iremos a ver a mamá.
Y así fue. No pude evitar poner cara de sorpresa al ver cómo estaba. Habría perdido diez kilos desde la última vez que pude verla. Ella, en cambio, esbozó una sonrisa de oreja a oreja que movió todas las arrugas y ojeras a un lado.
- Hola, tesoro- me abrazó y me meció- Hola, lentejita. ¿Qué tal está Florentino?
-Pues la verdad que está triste. Creo que te echa de menos.
Ella rió.
-No te preocupes, que enseguida estaré en casa. Mañana me dan el alta y estaré ya en casa, y cantaré bulerías contigo, Esmeralda y Florentino, ya verás qué bien lo pasamos.
- ¿Estás ya bien?
- Estoy bien, quizá no lo parece, pero estoy más a gusto que nunca aquí con vosotras- se recostó e hizo una pequeña pausa- Hija, oye. El tiempo que tarde en ir a casa voy a estar un poco ocupada, pero os voy a echar muchísimo de menos, no sabes cuánto. Tengo que arreglar unas cuantas cosas, pero mañana estaré ya con vosotras. Aquí también - Su mano huesuda me tocó el corazón, que palpitaba. Y recuerda: rebrotar, como la lenteja. No lo olvides. ¿Me prometes que nunca lo olvidarás? ¿Y que hasta que llegue a casa cuidarás a Esmeralda?
- Te lo prometo, mamá- Ella esbozó una sonrisa, y creo que vi salir de su ojo una pequeña lágrima. Tampoco entiendo qué tiene de emotivo hablar de los recados que hacer antes de ir a casa, pero bueno.
Han pasado diez años y Esmeralda ha crecido como un brote, lustrosa, bonita y fuerte. Me pregunta mucho por mamá, y a veces no sé por dónde empezar. Prefiero cantarle una bulería y enseñarle cómo Florentino se queda quieto, como si el tiempo se detuviese. Es una niña muy curiosa, me recuerda a mí de pequeña.
Una vez me preguntó por la magnolia, y cómo en los últimos años había crecido extrañamente más de lo normal. Hubo unos tres años que retrocedió y se secó, casi al punto de parecer muerto el árbol, pero este año han salido unos pocos capullos de flores blancas como la cal. Yo lo único que pude responderle a eso fue:
"Porque de eso va la vida. De rebrotar, emerger, creer... y sobre todo, de amar hasta la última gotita que eches a tu árbol".
Y te sorprendería, mamá, pero desde que Esmeralda lo riega salen más brotes que nunca.
jueves, 1 de diciembre de 2016
Anatomía del cielo.
Las cortinas dejaban pasar unas tonalidades rosas y anaranjadas que se fundían con la pared, infundiéndome cierta sensación de calidez a pesar de todo. Se ajustaban a los pequeños montículos del gotelé como si fuesen ondas de un mar rojo de lava. Llegó a mi agarrotada y enrojecida nariz un olor reconfortante de café y leche de avena.
Notaba un frío glacial en mi ser, como si me paralizasen los músculos. Demasiado que hacer. Demasiado que retener en mi mente. Demasiado que pensar. Demasiado.
Mi mente se hallaba en una encrucijada: pero ésta estaba a su vez calculando y organizando las próximas dos horas que iban a ser una pura maratón memorial. Yo como tal trabajaba, pero los datos fluían como meros soplos de aire sin importancia por mi corteza cerebral, paseándose caprichosamente y jugando conmigo en vez de quedarse estáticos, como debía ser.
Durante este juego desequilibrado apareció la leona de la casa, dándose cabezazos sordos contra la pobre puerta. Su pelo abundante y sedoso de la cola me recorrió el tobillo sutilmente, como si pensase que no le hubiera oído.
Resoplé. Lo que hacía siempre sin excepción era subirse sobre mi ordenador y esperar a que le diese caricias en su tupido vientre, mostrándomelo mientras emitía ronroneos de una forma bastante estridente y alta. Pero esta vez no iba a ser, no. Hoy sí que no.
Sí, se subió a la mesa, pero no se fue hacia mi ordenador. Simplemente, se sentó, tan grácil como siempre, y se puso a observar el cielo lluvioso fijamente, con las orejas puntiagudas recortadas sobre el fondo, como si nada más importase en el mundo. Pareció pararse el tiempo, mientras ella giraba la cabeza con curiosidad mientras contemplaba con fervor cómo simples gotas se chocaban y resbalaban contra el cristal. Como una frontera invisible que le separaba a ella y a mí de aquel frío y cruel pero a la vez bello mundo. Y llamadme loca, pero sé que lo hizo para que me levantase de aquella gastada silla para ir a por el café con leche de avena. Tomando sorbos lentamente para no abrasarme, me coloqué a gusto, y, como ella, me puse a mirar el cielo. Como si nada importase.
Y es que era cierto, nada importaba más que eso en ese momento.
domingo, 25 de septiembre de 2016
Bosque, agujero negro e hilo.
Ya puedo moverme. A pesar del dolor he podido deslizar las piernas, estirar un poco el abdomen para acercarme a la baja silla del comedor y poder relatar esta gran hazaña que me acaba de suceder.
Pero por supuesto, voy a explicar las circunstancias de mi paradero: las cinco de la tarde, las cuatro en las islas canarias. Estoy sola como podréis pensar muy razonablemente en un albergue cerca de la sierra de Zamora. Un lugar perfecto para perderse y solitario, justo lo que yo busco en verano. Por la noche se ve un cielo perfecto para ver las estrellas y buscar constelaciones. Lo peor de todo son los bichos. Desde saltamontes en la cama hasta mosquitos en el revuelto de ajetes y gambas para cenar, no hay escapatoria. En cuanto a la decoración, he de decir que está absolutamente todo hecho de madera, hasta la silla donde me estoy sentando. No me extrañaría que alguien se marease mirando fijamente a cualquier lado por el infinito entramado de madera de la estancia. Además, está lleno de encaje. El papel higiénico está cubierto por una tela con encaje, el mantel tiene un reborde de encaje blanco espeso, entre otras muchas cosas más. Parece una casa de la abuela. Solo le faltan las rollizas figuras de niños de porcelana con los pómulos sonrosados e hinchados haciendo tareas cotidianas con sus amigos mirándote con cara compasiva, como si te estuviesen pidiendo que les sacases de ahí. Si no fuese por ese detalle ínfimo os juro que pensaría que mi abuela se ha mudado a la montaña y se ha instalado en este pequeño bungalow. Por cierto, el dolor que sufro es de ovarios, el que no deseo a nadie, pues no ha habido dolor como éste que me mantenga inmovilizada en posición fetal durante dos horas. Por lo tanto, es obvio que mi familia se haya ido a hacer escalada. Me insistieron para que fuese, pero yo les dije que lo máximo que iba a poder subir era dos o tres metros si alguien me empujaba hacia arriba con mi posición de pelota. Después los metros que bajaría pendiente abajo inmovilizada serían muchos más de dos o tres.
Miré por la ventana el paisaje de postal de hoy: las nubes habían escapado para dejar mostrar el lustroso cielo en todo su esplendor, los pinos rellenaban los huecos de las escarpadas montañas, hasta los geranios de la repisa habían salido, vivaces y contentos.
Estuve planteándome un buen rato salir en vista de que mi dolor me había dado una tregua y que el día no era tal para quedarse mirando tras una ventana cuando una ráfaga peluda me acarició el gemelo.
Qué tonta. No he hablado del gato. Ha venido con nosotros, es negro como una sombra y gordinflón. Su color azabache hace que no se distinga nada más que sus ojos color esmeralda. Se postró en la moqueta sin quererlo de forma muy elegante, dando pequeños golpes con la cola en el suelo. Le acaricié la parte trasera de la oreja izquierda mientras entrecerraba los gatunos ojos y ronroneaba.
Me di cuenta, así, por casualidad, de que de mi camiseta salía un largo hilo. Lo alcé para comprobar su longitud cuando el gato lo miró con sus ojos abiertos al máximo.
Creo que no he comentado bien lo increíbles que son sus ojos: parece que alguien ha estirado una manta larga y peluda de color pistacho sobre aquel mundo curvo. Si los miras detenidamente puedes atisbar unos "pelillos", como brotes de hierba, que han sido paralizados por una granizada, dándoles un tono glacial.
Me tumbé enfrente de él y le mostré el hilo. Sus pupilas se expandieron, arrastrando con ella la selva amazónica que tenía por iris. Parecía un agujero negro que se tragaba toda aquella materia que luego la escupía cuando se contraía al parar el hilo. Mover, expandir. Parar, contraerse. Repetí aquel experimento hasta que me aprendí hasta el último movimiento de esos pelillos, la última montaña y depresión que aparecía en aquellos círculos perfectos. El gato se cansó de mi investigación precaria y hizo un ademán de arañarme sin sacarme las garras.
Cambié de posición por si acaso y me pregunté: ¿Por qué es así? ¿Tendrá un mundo microscópico en sus ojos?
De perdidos al río.
Miré al techo y estuve convencida de que aquel gato tenía un mundo gigantesco y flexible por explorar tras esos ojos. Y era mi cometido estudiarlo. Él, por la mirada que me echaba, parecía reacio a presentarse voluntario.
Básicamente, quería relatar esta dolorosa pero entretenida tarde que he tenido. Que ya tengo clara la relación entre un bosque, un agujero negro y un hilo, nada más.
Algún día, gatos, algún día.
lunes, 19 de septiembre de 2016
Callada
Callada, sola pero rodeada de gente. Mis pupilas se mueven, no están fijas. Mis oídos están atentos a lo que dicen. A todas las conversaciones que hay a mi alrededor. A las miles y millones de palabras y sonidos que intercambian. Algunos están debatiendo. Otros están conversando sobre cosas simples y banales. Preguntan cosas a las que yo sé la respuesta. Algunos argumentos son muy necios, y merece la pena que los rebata. Pero permanezco callada.
En la perfección del silencio, cuando irrumpen sonidos, permanezco callada. Como un tótem, no despego mis secos labios. Mis cuerdas vocales no vibran. No quiero que vibren. No necesito que vibren.
No quiero hablar. No me apetece pronunciarme para aportar comentarios necios y vacíos. No me siento avergonzada por no hablar. No quiero hablar. No puedo hablar.
No tengo nada que ver con esa gente. No necesito saber sobre ellos. No quiero saber sobre ellos. No necesitan saber sobre mí. No quieren saber sobre mí.
Entonces, ¿Qué hago yo aquí? ¿Por qué hay una fuerza invisible que aunque no quiera, me persigue y me atosiga? No quiero estar aquí. No quiero. No quiero nada.
Me dejaré llevar a ningún lugar. A lo mejor soy yo. O son ellos. O es que no tengo claro si quiero o si no. ¿Si sí o si no qué? La cabeza me da vueltas. Los sonidos resuenan y rebotan en mi cabeza. Me palpita, causando una dolorosa sensación de mareo. No siento el asiento del autobús. Sólo los oigo a ellos. No puedo prestar atención a nada más. Pero no quiero prestarles atención. No necesito prestarles atención. ¿O sí quiero? Sólo quiero saber lo que quiero. Y lo que necesito.
Necesito algo, pero no sé. Quiero algo, pero tampoco.
Mientras tanto, permanezco callada.
lunes, 11 de julio de 2016
Admiro
martes, 21 de junio de 2016
Parada temporal + Romance a la imaginación
Vengo a deciros que me encuentro en un momento de Stand By a lo que las entradas del blog respecta (no me matéis, DEJAD QUE ME EXPLIQUE), pero es NO significa que no esté escribiendo.
No sé si os acordaréis de una historia que subía por partes allá por el siglo III y lo dejé a medio porque no me convencía (Cuando Despiertes). Pues me ha venido a la cabeza estos días una idea mucho mejor a mi parecer y con mayor capacidad de ser desarrollada, creo que puede dar mucho más de sí que la anterior, ahora las cosas tienen mayor sentido y están bastante mejor justificadas, además de que para cada detalle me estoy documentando para que la parte real sea verídica.
Lo estoy enfocando casi como libro, pues estoy introduciendo bastantes personajes y reflexiones que dan a conocer sus personalidades mucho mejor, de tal forma que llevo 3 días escribiendo sólo la primera parte que subí y me ha ocupado muchísimo más, además que he introducido más problemas, más giros de acontecimientos, y sobre todo, ese momento del principio que te deja en shock necesarios en cada cuento que escribo.
Pero para que no os sintáis decepcionados, os dejo aquí un romance si se puede llamar así que hice en 1º de Bachillerato en honor a la imaginación, que lo presenté al típico concurso literario. Antes me parecía increíble, pero ahora lo veo bastante mediocre y aburrido, pero bueno, me da mucha nostalgia y me identifico porque me considero (y me consideran) muy imaginativa. En fin, espero que lo disfrutéis, al menos la rima asonante está.