Me presento: en el centro de mi ser tengo un hotel, un hotel curioso, que nació de mi pecho moribundo y sociable a la vez que ofrece hospedaje a pequeños peregrinos que tras pasar jornadas enteras a la interperie lo único que quieren es un hogar. Pues en mí encuentran todo lo que buscan: una cama, un sillón, y un timón. ¿Un timón? ¿En una habitación? ¿Qué diseñador de interiorismo ha hecho eso?
Sí, señores, un timón. Con él, ellos me dirigen, mueven mi boca, mi expresión, parasitan mis ideales y cambian mi serenidad por prontos o llantos permanentes.
Entre los clientes, suele venir un hombre con los pelos alborotados, con sudadera sucia de ganchitos oliendo especialmente mal, vago... De todo, la verdad. El pobre hombre solicita siempre una suite de comfort para no moverse de ahí y no tener que bajar al buffet libre a probar platos nuevos. Su hermana, totalmente distinta, es una chica atlética, fornida y mundialmente conocida por mover montañas. La verdad, no sé cómo lo hace, tampoco he podido hablar con ella porque se hospeda muy recurrentemente a mi desgracia (usa como excusa que tiene que mover muchas cosas, demasiadas). Es una pena, pero me encantaría que se quedase, al hotel le es de gran ayuda su simple presencia.
Vino un chico. Pero alguien especial, que acaricia mis paredes con esmero y cariño, que pintarrajea corazones mal dibujados en su mano y luego me los enseña. Un cliente de oro, el que hace la cama de la habitación y se limpia él solo su espacio. Siempre nos pone un 10 en la encuesta de satisfacción, y nosotros a él. Es perfecto. No quiero que se vaya nunca.
Pero a veces los cuervos emprenden el vuelo, y aunque en la encuesta de satisfacción pongan un 10 las cosas son más complicadas (no eres tú, soy yo) y nos dejan desolados, con la habitación zarrapastrosa. Cuesta encontrar clientes 10 para que se queden permanentemente en la habitación que les ofrezco. Más de lo normal. A veces si no les gusta la entrada principal, ni entran a verlo por dentro. Necios, si es mucho más bonito en el interior, qué cosas.
Aunque sin duda, la visita más tristemente relevante es una mujer que viene una vez al mes, con un manto rojo, aterciopelado, alta, tacones de aguja brillantes color burdeos y mirada felina. Es una huésped curiosa, tiene una manía de clavar sus tacones de aguja de tal forma que parece que va a perforar el suelo, provocándole dolor, ya que el suelo siente y palpita también, como cualquiera. De su manto espeso cuelgan cuentas gelatinosas parecidas a rubíes que cuando impactan contra el suelo se convierten en riadas intermitentes de líquido rojo a borbotones que buscan salir al exterior cuanto antes. Me desconcierta, me enfada que clave tanto y tan fuerte esos tacones, y eso me frustra más que nunca. Grito, pero nadie escucha mis sordas clemencias a la nada. Y ella, miope, contradictoria y sorda también pero más segura que nadie, se marcha tras haber dejado el suelo agujereado. Es curioso, pero cuando se va me da hasta igual los agujeros, como que ya no noto que están ahí. Ya crecerán.
Y así soy yo, un hotel polifacético, un cúmulo de huéspedes cada cuál más interesante de contemplar y hablar.
Esperamos su visita.
jueves, 29 de junio de 2017
Hotel polifacético
miércoles, 28 de junio de 2017
Texto y dibujo por el día de la autoestima (27 mayo)
Mientras tanto, quiero subiros un pequeño texto que escribí junto a un dibujo (deja qué desear, todo sea dicho, sobre todo la mano de la chica, además de los chorretes de tinta que soltaba el boli con el que lo repasé xD) en instagram cuando fue el día de la autoestima, el 27 de mayo. La verdad que podría haberlo hecho más largo, pero bueno.
Creo que si sois seguidores de este blog veréis lo importante que considero yo para la vida de una persona el hecho de tener autoestima, y más hoy en día que está visto como algo que "es un problema de adolescentes, es la edad", pues bien, no puede ser más mentira: Los problemas de autoestima pueden llevarse a cuestas a lo largo de la vida, determinando una sensación de inseguridad permanente, trastornos y problemas mentales, además de un largo etcétera.
La OMS define la salud como: El bienestar social, físico y mental de un individuo, por lo tanto, lo psicológico también es importante; no os olvidéis de ello.
Bueno, ahí va, es cortito, pero espero que os guste <3
Cuando la cárcel de tu piel se convierte en un hogar, cuando le devuelves la sonrisa a ese reflejo lúgubre del espejo que tras tanto tiempo te ha estado esperando, cuando por fin, por fin decides gobernar democráticamente sobre ti mismo, ese momento, es único. Que las lorzas, los miedos y los complejos salgan para que entre buen rollo y amor, amor por cada centímetro de tu morada.
Sobre todo estos días de tanto estrés: está bien no poder con todas, porque somos personas y tenemos nuestros límites, porque no somos máquinas y tenemos más cosas aparte de datos y páginas subrayadas dentro de nosotros.
Hoy se canta el eterno y armonioso himno de amarse a uno mismo.
⚡Feliz día de la autoestima ⚡
martes, 14 de febrero de 2017
Romance contra machismo
jueves, 19 de enero de 2017
La magnolia
Hoy vengo a contar una historia. Una ordinaria, que trata sobre una historia mediocre, pero que para mí siempre cabrá en lo más profundo de mi alma. Hoy vengo a hablar de su historia.
Mi madre se llama Zamara. Ella me contaba siempre con gracia mientras me trenzaba el pelo cómo conoció a mi padre en Triana canturreando por la ventana de su casa bulerías. Un instante, un segundo, y su vida cambió. Y ya nada fue igual.
Según me contó, ella vivía en condiciones deplorables y cuando se casaron mi padre compró una pequeña y pintoresca casa en Cazalla de la Sierra, un pueblo pequeño, para empezar una eterna y renovada vida juntos. Y como prueba una vez más de su amor, sellaron su compromiso plantando una magnolia, un árbol que todavía luce en el jardín.
Primero me tuvieron a mí, diez años antes que mi hermana. Ambas tenemos el pelo asalvajado y caoba de mi madre. Yo heredé los ojos color café de mi padre y mi hermana el glacial verde de mi madre. En general, vivíamos en armonía, cada uno contento con lo que tenía, y sin molestar a cualquiera ajeno al núcleo familiar. Recuerdo que un día traje una lenteja entre algodones preparada para que de esa cáscara marrón y fea emergiese un bonito y rizado brote verde de clase. Pasaron los días, y alguna que otra semana y seguía igual, y de las de todos mis compañeros había surgido un lustroso ramillete preparado para ser trasplantado a una maceta . Creo que no pillé berrinche más grande en mi vida cuando me contaron aquello. Mi madre, en cuanto me vio, me acunó y me meció hasta sosegar mi enfado. Su corazón se movía acompasadamente con el mío, y el espacio entre sus brazos ofrecía un ambiente acogedor, una lluvia frenética en aquel baldío que era mi pesar.
- Tesoro - me susurró al oído- no lo has regado, así no puede salir.
Y lentamente, fue al grifo y llenó un vaso de agua y me lo tendió con una sonrisa.
- Vamos, ya verás cómo crece.
Lentamente, lo eché, con esmero, observando cómo los algodones absorbían el agua como esponjas y se llenaban rodeando a la lenteja, como formando un almohadón.
Y vaya si creció. En tres días estaba saliendo ya un brote verde, fuerte y sano. Corriendo, fui a enseñárselo a mi madre. Ella sonrió y me apartó el pelo de la oreja con cariño.
- ¿Has visto, lentejita? Ha crecido. Porque de eso va la vida. De rebrotar, emerger, creer... y sobre todo, de amar hasta la última gotita que eches a tu árbol.
Yo en ese momento no lo entendí, así que simplemente sonreí y fui a enseñarle a mi padre la planta.
Éramos de felices, sí. Pero todo tiene que torcerse en algún momento. Tenía ocho años cuando mi madre enfermó. Ella, sus rasgos de gitana, y su pelo rizado no se inmutaron. Su cara con el paso del tiempo fue languideciendo, blanqueándose como las casas del pueblo cuando las pintaban. Y su melena rizada fue desapareciendo, mechón a mechón, pelo por pelo. Ella siempre bromeaba con que tenía que cambiar de peluquero puesto que nada era comparable con la faena que le había hecho.
Y así pasaban los días, entre toses, alopecias, visitas al médico, y lentejas. Pero un rayito de sol apareció entre tanta negrura, una huella de ángel. Mi madre descubrió que estaba embarazada de dos meses. Y entonces, algo cambió en su rostro y aquello le hizo vivir y no ir tirando como entonces, como decía ella: "he nacido tres veces: una por mí y otra por cada hija". Sonreía, cantaba bulerías, e incluso decidió coger un pequeño perro bodeguero que se encontró por las calles angostas del pueblo, le llamó Florentino. Aquel perro era el alma de la casa, cuando mi madre le cantaba se sentaba y le miraba expectante, con sus redondos ojos abiertos de par en par. Parecía que la casa volvía a estar respirando vida y exhalando la tensión que se palpaba los últimos meses.
Por fin, tras varios meses y meses de espera, mi madre "renació" por segunda vez y tuvo a mi hermana pequeña.
Creo que hay cosas que te marcan, pero la expresión de amor de mi madre, pálida y lánguida al sostener aquella pequeña criatura me generó escalofríos. Pero de felicidad. Tenía la misma expresión que cuando me ayudó a que crecieran mis lentejas, que cuando me enseñó que la vida consiste en rebrotar. Mi padre estaba al lado, agarrándole el hombro, y conteniendo profundas lágrimas de felicidad. Me tendió el enorme brazo y me cogió en volandas. Los cuatro nos fundimos en un intenso y cerrado abrazo, que hizo que todas las penurias que habíamos pasado en casa, todos los dolores, angustias y quebraderos de cabeza hubieran sido nada comparado con ese momento.
- Tú vas a ser mi pequeño brote- le susurró juntando la nariz con la suya- Un brote, Esmeralda.
Los días pasaron llenos de alegría y jolgorio con Esmeralda y Florentino en casa, parecía que eran almas gemelas.
Sin embargo, un día de madrugada, escuché vagamente desde mi cama unas arcadas en el baño, continuadas, y muy fuertes. Asustada, fui a ver lo que era. Por la rendija, vi a mi madre recolocada sobre el váter vomitando potentemente, y mi padre sujetándole del brazo. Dudé si entrar, pero por fin cesaron las arcadas. Mi madre, con la boca roja, raquítica, y más mortecina que nunca, rompió a llorar sobre el regazo de mi padre. Un llanto bajo, pero desgarrador. Mientras lloraba repetía por lo bajo "Me muero" seguidamente.
Volví a la cama, pero no pude volver a dormir en toda la noche.
Al día siguiente, mi padre fue a llevarle al hospital. Le ingresaron de emergencia y se pasó semana y media o más ahí. Mi padre se ocupaba de nosotras dos, y me encargó que yo pasease a Florentino y que regase la magnolia. Todas las tardes y todas las mañanas llevaba a Esmeralda para que mi madre le diese el pecho y para llevarle una flor. No sé en qué estado estaría mi madre, pero la expresión de demacramiento con la que volvía siempre lo decía todo.
Un día no pude evitar más el tema y le tuve que preguntar.
- Papá, mamá se está muriendo, ¿no?
Mi padre me miró fijamente. No dijo nada, lo único que hizo fue abrazarme fuertemente. Noté cómo mi pequeña y tupida cabeza se humedecía.
- Mañana iremos a ver a mamá.
Y así fue. No pude evitar poner cara de sorpresa al ver cómo estaba. Habría perdido diez kilos desde la última vez que pude verla. Ella, en cambio, esbozó una sonrisa de oreja a oreja que movió todas las arrugas y ojeras a un lado.
- Hola, tesoro- me abrazó y me meció- Hola, lentejita. ¿Qué tal está Florentino?
-Pues la verdad que está triste. Creo que te echa de menos.
Ella rió.
-No te preocupes, que enseguida estaré en casa. Mañana me dan el alta y estaré ya en casa, y cantaré bulerías contigo, Esmeralda y Florentino, ya verás qué bien lo pasamos.
- ¿Estás ya bien?
- Estoy bien, quizá no lo parece, pero estoy más a gusto que nunca aquí con vosotras- se recostó e hizo una pequeña pausa- Hija, oye. El tiempo que tarde en ir a casa voy a estar un poco ocupada, pero os voy a echar muchísimo de menos, no sabes cuánto. Tengo que arreglar unas cuantas cosas, pero mañana estaré ya con vosotras. Aquí también - Su mano huesuda me tocó el corazón, que palpitaba. Y recuerda: rebrotar, como la lenteja. No lo olvides. ¿Me prometes que nunca lo olvidarás? ¿Y que hasta que llegue a casa cuidarás a Esmeralda?
- Te lo prometo, mamá- Ella esbozó una sonrisa, y creo que vi salir de su ojo una pequeña lágrima. Tampoco entiendo qué tiene de emotivo hablar de los recados que hacer antes de ir a casa, pero bueno.
Han pasado diez años y Esmeralda ha crecido como un brote, lustrosa, bonita y fuerte. Me pregunta mucho por mamá, y a veces no sé por dónde empezar. Prefiero cantarle una bulería y enseñarle cómo Florentino se queda quieto, como si el tiempo se detuviese. Es una niña muy curiosa, me recuerda a mí de pequeña.
Una vez me preguntó por la magnolia, y cómo en los últimos años había crecido extrañamente más de lo normal. Hubo unos tres años que retrocedió y se secó, casi al punto de parecer muerto el árbol, pero este año han salido unos pocos capullos de flores blancas como la cal. Yo lo único que pude responderle a eso fue:
"Porque de eso va la vida. De rebrotar, emerger, creer... y sobre todo, de amar hasta la última gotita que eches a tu árbol".
Y te sorprendería, mamá, pero desde que Esmeralda lo riega salen más brotes que nunca.
jueves, 1 de diciembre de 2016
Anatomía del cielo.
Las cortinas dejaban pasar unas tonalidades rosas y anaranjadas que se fundían con la pared, infundiéndome cierta sensación de calidez a pesar de todo. Se ajustaban a los pequeños montículos del gotelé como si fuesen ondas de un mar rojo de lava. Llegó a mi agarrotada y enrojecida nariz un olor reconfortante de café y leche de avena.
Notaba un frío glacial en mi ser, como si me paralizasen los músculos. Demasiado que hacer. Demasiado que retener en mi mente. Demasiado que pensar. Demasiado.
Mi mente se hallaba en una encrucijada: pero ésta estaba a su vez calculando y organizando las próximas dos horas que iban a ser una pura maratón memorial. Yo como tal trabajaba, pero los datos fluían como meros soplos de aire sin importancia por mi corteza cerebral, paseándose caprichosamente y jugando conmigo en vez de quedarse estáticos, como debía ser.
Durante este juego desequilibrado apareció la leona de la casa, dándose cabezazos sordos contra la pobre puerta. Su pelo abundante y sedoso de la cola me recorrió el tobillo sutilmente, como si pensase que no le hubiera oído.
Resoplé. Lo que hacía siempre sin excepción era subirse sobre mi ordenador y esperar a que le diese caricias en su tupido vientre, mostrándomelo mientras emitía ronroneos de una forma bastante estridente y alta. Pero esta vez no iba a ser, no. Hoy sí que no.
Sí, se subió a la mesa, pero no se fue hacia mi ordenador. Simplemente, se sentó, tan grácil como siempre, y se puso a observar el cielo lluvioso fijamente, con las orejas puntiagudas recortadas sobre el fondo, como si nada más importase en el mundo. Pareció pararse el tiempo, mientras ella giraba la cabeza con curiosidad mientras contemplaba con fervor cómo simples gotas se chocaban y resbalaban contra el cristal. Como una frontera invisible que le separaba a ella y a mí de aquel frío y cruel pero a la vez bello mundo. Y llamadme loca, pero sé que lo hizo para que me levantase de aquella gastada silla para ir a por el café con leche de avena. Tomando sorbos lentamente para no abrasarme, me coloqué a gusto, y, como ella, me puse a mirar el cielo. Como si nada importase.
Y es que era cierto, nada importaba más que eso en ese momento.
domingo, 25 de septiembre de 2016
Bosque, agujero negro e hilo.
Ya puedo moverme. A pesar del dolor he podido deslizar las piernas, estirar un poco el abdomen para acercarme a la baja silla del comedor y poder relatar esta gran hazaña que me acaba de suceder.
Pero por supuesto, voy a explicar las circunstancias de mi paradero: las cinco de la tarde, las cuatro en las islas canarias. Estoy sola como podréis pensar muy razonablemente en un albergue cerca de la sierra de Zamora. Un lugar perfecto para perderse y solitario, justo lo que yo busco en verano. Por la noche se ve un cielo perfecto para ver las estrellas y buscar constelaciones. Lo peor de todo son los bichos. Desde saltamontes en la cama hasta mosquitos en el revuelto de ajetes y gambas para cenar, no hay escapatoria. En cuanto a la decoración, he de decir que está absolutamente todo hecho de madera, hasta la silla donde me estoy sentando. No me extrañaría que alguien se marease mirando fijamente a cualquier lado por el infinito entramado de madera de la estancia. Además, está lleno de encaje. El papel higiénico está cubierto por una tela con encaje, el mantel tiene un reborde de encaje blanco espeso, entre otras muchas cosas más. Parece una casa de la abuela. Solo le faltan las rollizas figuras de niños de porcelana con los pómulos sonrosados e hinchados haciendo tareas cotidianas con sus amigos mirándote con cara compasiva, como si te estuviesen pidiendo que les sacases de ahí. Si no fuese por ese detalle ínfimo os juro que pensaría que mi abuela se ha mudado a la montaña y se ha instalado en este pequeño bungalow. Por cierto, el dolor que sufro es de ovarios, el que no deseo a nadie, pues no ha habido dolor como éste que me mantenga inmovilizada en posición fetal durante dos horas. Por lo tanto, es obvio que mi familia se haya ido a hacer escalada. Me insistieron para que fuese, pero yo les dije que lo máximo que iba a poder subir era dos o tres metros si alguien me empujaba hacia arriba con mi posición de pelota. Después los metros que bajaría pendiente abajo inmovilizada serían muchos más de dos o tres.
Miré por la ventana el paisaje de postal de hoy: las nubes habían escapado para dejar mostrar el lustroso cielo en todo su esplendor, los pinos rellenaban los huecos de las escarpadas montañas, hasta los geranios de la repisa habían salido, vivaces y contentos.
Estuve planteándome un buen rato salir en vista de que mi dolor me había dado una tregua y que el día no era tal para quedarse mirando tras una ventana cuando una ráfaga peluda me acarició el gemelo.
Qué tonta. No he hablado del gato. Ha venido con nosotros, es negro como una sombra y gordinflón. Su color azabache hace que no se distinga nada más que sus ojos color esmeralda. Se postró en la moqueta sin quererlo de forma muy elegante, dando pequeños golpes con la cola en el suelo. Le acaricié la parte trasera de la oreja izquierda mientras entrecerraba los gatunos ojos y ronroneaba.
Me di cuenta, así, por casualidad, de que de mi camiseta salía un largo hilo. Lo alcé para comprobar su longitud cuando el gato lo miró con sus ojos abiertos al máximo.
Creo que no he comentado bien lo increíbles que son sus ojos: parece que alguien ha estirado una manta larga y peluda de color pistacho sobre aquel mundo curvo. Si los miras detenidamente puedes atisbar unos "pelillos", como brotes de hierba, que han sido paralizados por una granizada, dándoles un tono glacial.
Me tumbé enfrente de él y le mostré el hilo. Sus pupilas se expandieron, arrastrando con ella la selva amazónica que tenía por iris. Parecía un agujero negro que se tragaba toda aquella materia que luego la escupía cuando se contraía al parar el hilo. Mover, expandir. Parar, contraerse. Repetí aquel experimento hasta que me aprendí hasta el último movimiento de esos pelillos, la última montaña y depresión que aparecía en aquellos círculos perfectos. El gato se cansó de mi investigación precaria y hizo un ademán de arañarme sin sacarme las garras.
Cambié de posición por si acaso y me pregunté: ¿Por qué es así? ¿Tendrá un mundo microscópico en sus ojos?
De perdidos al río.
Miré al techo y estuve convencida de que aquel gato tenía un mundo gigantesco y flexible por explorar tras esos ojos. Y era mi cometido estudiarlo. Él, por la mirada que me echaba, parecía reacio a presentarse voluntario.
Básicamente, quería relatar esta dolorosa pero entretenida tarde que he tenido. Que ya tengo clara la relación entre un bosque, un agujero negro y un hilo, nada más.
Algún día, gatos, algún día.
lunes, 19 de septiembre de 2016
Callada
Callada, sola pero rodeada de gente. Mis pupilas se mueven, no están fijas. Mis oídos están atentos a lo que dicen. A todas las conversaciones que hay a mi alrededor. A las miles y millones de palabras y sonidos que intercambian. Algunos están debatiendo. Otros están conversando sobre cosas simples y banales. Preguntan cosas a las que yo sé la respuesta. Algunos argumentos son muy necios, y merece la pena que los rebata. Pero permanezco callada.
En la perfección del silencio, cuando irrumpen sonidos, permanezco callada. Como un tótem, no despego mis secos labios. Mis cuerdas vocales no vibran. No quiero que vibren. No necesito que vibren.
No quiero hablar. No me apetece pronunciarme para aportar comentarios necios y vacíos. No me siento avergonzada por no hablar. No quiero hablar. No puedo hablar.
No tengo nada que ver con esa gente. No necesito saber sobre ellos. No quiero saber sobre ellos. No necesitan saber sobre mí. No quieren saber sobre mí.
Entonces, ¿Qué hago yo aquí? ¿Por qué hay una fuerza invisible que aunque no quiera, me persigue y me atosiga? No quiero estar aquí. No quiero. No quiero nada.
Me dejaré llevar a ningún lugar. A lo mejor soy yo. O son ellos. O es que no tengo claro si quiero o si no. ¿Si sí o si no qué? La cabeza me da vueltas. Los sonidos resuenan y rebotan en mi cabeza. Me palpita, causando una dolorosa sensación de mareo. No siento el asiento del autobús. Sólo los oigo a ellos. No puedo prestar atención a nada más. Pero no quiero prestarles atención. No necesito prestarles atención. ¿O sí quiero? Sólo quiero saber lo que quiero. Y lo que necesito.
Necesito algo, pero no sé. Quiero algo, pero tampoco.
Mientras tanto, permanezco callada.