domingo, 24 de enero de 2016

El cuaderno y yo, yo y el cuaderno.

Nunca me cansaré de reiterar la belleza de escribir. Es algo tan automático en mi mente, tan integrado, que es mi respirar, mi oxígeno. Muchos días (últimamente bastantes, estoy volviendo a una época en la que escribía mucho) me siento ofuscada, asaltada y atosigada por mi mente, y simplemente no puedo hacer otra cosa que escribir, dejarlo reflejado en el papel. Es casi doloroso no poder hacer esto que digo cuando realmente lo necesito, y un alivio cuando cojo mi lápiz, la libreta y ya está, se acabó todo. Mi mente vuela entre mundos que mi subconsciente proyecta y construye a su merced, Muevo la mano. No estoy. Bueno sí, en un bucle de historias, pan con frutos secos, guitarras eléctricas, soles infinitos, cuadros, animales y libros, y yo en el centro.
Muchas veces miro el cuaderno porque me gusta recordar qué es lo que me llevó a escribir cada cosa y ver mi evolución a lo largo de los años. Porque mi cuaderno es el que mejor me guarda los secretos y el que mejor lo sabe conservar. Recuerdo momentos en los que he empezado a escribir y me he puesto a llorar, otras a reír de felicidad. Y no, no tengo buena base literaria, no tengo un buen estilo literario, no suelo usar muchas figuras retóricas y cosas que están a la orden del día de todo escritor, incluso mis ideas están mal estructuradas, pero es algo ya tan arraigado que lo necesito en mi vida. No tengo que intentar iniciar una conversación, ni fingir ser otra persona, ni intentar esforzarme por caerle bien al cuaderno (porque es imposible, pero bueno, cada loco con su tema). Suena muy cascarrabias, pero en estos momentos de escribir me comporto como un artista que tiene que retirarse a su torre de marfil para observar callado su alrededores y escribir sobre ello. Porque el mundo es un lugar demasiado bonito y curioso como para quedarse estático y no reflexionar sobre él.

lunes, 19 de octubre de 2015

Je vois la vie en rose...

En mi pueblo siempre se ha hablado de aquella chica. Ella es el objeto de todo rumor o comentario que circula a través de las bocas resecas y curiosas de las mujeres mayores que habitan la zona. Es una chica joven, de dulces y finas proporciones, con la tez blanquecina y delicada, como de cristal. Lo curioso es que nunca nadie ha llegado a verle el rostro. Todo el mundo le ha visto sentada al borde del peñón, de cara al profundo mar. De vez en cuando canturreaba dulcemente La Vie en Rose, con un marcado acento francés. Se colocaba un reloj de hombre dorado y desgastado a su lado y daba de comer a las gaviotas con peces.
Lo más destacable de ella era su abundante cabellera pelirroja, rizada e interminable. Cuando contemplaba las ondas zafiro del mar se mantenía absorta, y parecía que cada bucle de sus cabellos se acompasaba al ritmo intermitente de las olas que transitaban por aquel universo de agua. Un pescador que frecuentaba la zona del peñón decidió acercarse un día a preguntarle amablemente el por qué de sus largas estancias mirando aquel paisaje. Ella le respondió con una voz amarga y descompuesta, sin apartar la mirada del agua que ese era su cometido. Que él le estaba esperando. El pescador, perplejo, se aventuró a preguntar quién era esa persona con la que tanto fervor esperaba. Entonces, se giró.
Era una cara redonda, enmarcada por la abundante cascada roja a ambos lados, una pequeña nariz respingona de duende, y unos ojos azules tan profundos y misteriosos como aquello que contemplaban tan fijamente. Eran unos ojos hermosos, pero había algo que no supo describir, algo que hizo estremecer hasta la última fibra de su ser.
Sufrimiento, dolor, angustia y soledad eran superlativos en aquellos pozos oscuros y sombríos. Sus labios estaban secos, doloridos. Ese sentimiento inundó al pescador, como una enfermedad altamente contagiosa, alojándose en su alma, retorciéndole sin piedad su corazón. Tras un intenso intercambio de miradas, ella esbozó una sonrisa casi imperceptible. Se limitó a señalar a las gaviotas y a murmurar que eso le había encomendado. Él, a medida que pasaban los días la observaba desde lejos, maravillado, cómo comprobaba la hora, y lentamente, con sus manos de hada, cogía un pez y lo tiraba hacia las gaviotas. La amaba en silencio. Amaba su pelo, sus movimientos gráciles, y su sonrisa leve pero cargada de amor y de sentimiento. Estaba volviéndose loco.
Un día tan normal como cualquier otro, en una hora tan normal como cualquier otra, cambió toda la vida marítima por completo. Se desató la tormenta más fiera de todas las habidas hasta el momento, miles de árboles cayeron, las olas estallaban con fuerza contra la tierra. Si antes estaba loco, ahora estaba a punto de tirarse los pelos. Días y días seguidos. Un día por fin paró. Corrió en busca de la misteriosa chica del peñón. Miró a su alrededor y estaba todo destrozado. Y ella no estaba. Ni rastro. Las gaviotas tampoco estaban. Observó el mar y atisbó helado una gran mancha roja intensa en el fondo. Pero no era rojo sangre. Otro rojo, uno que él conocía muy bien.
Desolado, alzó la vista al plomizo horizonte, De pronto, una gaviota se posó en el huesudo hombro del hombre. Perplejo, intentó espantarla, pero no se fue. Permaneció impasible, Dejó caer un reloj dorado que parecía de un hombre. Acto seguido, la gaviota pegó un salto, postrándose ante él imponente e inquisitiva. El pescador, que no daba crédito, esbozó una leve sonrisa, y entre lágrimas, se rió. Agarró el reloj fuertemente y se sentó, con las piernas en el borde.
Quand il me prend dans ce bras, il me parle tout bas, je vois la vie en rose...

domingo, 6 de septiembre de 2015

Hola.

Hace ya cinco años desde que te marchaste, yayo. Cinco años desde que no estás materialmente (diría más bien). Un día antes que se muriese Shakespeare y Cervantes y el mismo día que el cumpleaños de Kant, así como dato interesante. Seguro que ahora te pondrías muy feliz si lo supieses.
La verdad, yayo, lo tuviste que hacer bien, porque todos tus hijos y tus nietos te recordamos con una sonrisa en la cara. y, ¿qué tendrás de especial?, se preguntará la gente.
La verdad, como tú decías, eras una persona "normal y corriente" viviendo en Madrid, con tus cinco hijos y tu mujer. Siempre te han descrito como una persona altruista, con ganas de vivir, siempre dispuesta a dar buenos consejos, servicial, y sobre todo, con mucha capacidad de hacer el tonto. Las numerosas nochebuenas en las que los nietos te poníamos serpentinas y cualquier cachivache sin sentido en la cabeza, esas, no se me van a olvidar en la vida.
Pero, por encima de todo, ¿Sabes qué es lo que nos has enseñado a todos los que te conocíamos? Que si se quiere sonreír, se puede. Llegó un momento en el que estabas con tantos problemas de salud que el sólo pensarlo da mareo. Prefiero no contar tus problemas por aquí, por respeto a ti, digamos que estabas "como una pasa", como comentaba mamá, casi sin poder hablar, con la mitad del interior de tu cuerpo hecho metal entre otras cosas, y para matar el tiempo, decidiste aficionarte a construir maquetas de galeones. La yaya te compraba las piezas, y poco a poco las construías. Luego, tenías esa manía de ponerte a ver las películas del oeste de las 5 de la tarde en canal nou, que retransmitían siempre.
Sinceramente, cuando me decían que de salud estabas muy mal, me resultaba extraño, porque yo siempre te he visto con una luz en los ojos y una ilusión tan grande por simplemente vivir que nunca lo he visto antes. Tengo tantos buenos recuerdos en los que estás implicado tú que me cuesta recordar alguno malo. Muchas veces me pregunto qué habría sido de ti si hubieses superado esa operación hace 5 años. Probablemente seguirías haciendo maquetas y creando un buen ambiente que nadie más podría crear. Posiblemente, al ver tu estado de salud decidirías dejar de comer todas esas cosas que tomabas muchas veces para cenar, como las orejas de cerdo, Aunque, la verdad, echo de menos la cara de desaprobación de la yaya acompañada de un resoplo: "Pero cómo puede digerir esto".
Muchas veces pienso en ti, y cómo puede ser que siendo una persona tan humilde y simple eras y serás la mejor persona que he podido llegar a conocer. Tu recuerdo me ayuda a sobrellevar los malos momentos, y de das la sonrisa que de vez en cuando me falta. Por eso esta entrada no se llama ni "hasta luego", ni "adiós", sino "hola", porque siempre estarás presente para mí.
Espero que donde estés sigas regalando sonrisas y haciendo barcos para la gente de ahí tan bien como lo hacías aquí, Ahora es el momento de seguir tu camino, ese sendero que has construido tú mismo. Este no es el fin, para nada.
Así que ve, sigue tu sendero y de vez en cuando echa la vista hacia atrás, para que te des cuenta de todo lo que has hecho, hiciste, y sobre todo harás.

Alea jacta est

"Pequeña, no temas. Este mundo es salvaje y muchas bestias lo habitan, y quizá te asusten por su aspecto furioso y poco amigable. Si te sientes atemorizada por los monstruos que viven en nuestro mundo, yo te enseñaré a domarlos y a luchar contra ellos. Yo te alzaré, paso a paso, para que aprendas a caminar, a correr, a saltar, a volar. Cuando te halles en una situación en la que el pavor te atenace, te haga sentir minúscula, ten en mente que el miedo ha causado más fracasos que cualquier error a lo largo de toda la larga historia haya podido hacer. Siéntete alimentada por el fervor y la furia de aquellos, en un momento, por miedo a caer, no alzaron el vuelo. Despliega tus alas, que son perfectas para planear a través de los cielos, y nunca, nunca mires hacia abajo o hacia atrás, siempre hacia el sol naciente. La vida es como un helado, una vez que has empezado, debes acabarlo, o si no se derretirá, dejándote una mancha colorida  y perderá esa textura tan buena, volviéndose líquida, como una sopa insípida. Así que pequeña, ve. No tardes, que el sol se está poniendo ya. Una vez aprendida la teoría es necesario que la pongas en práctica. Obviamente, en los cielos hay vendavales y tormentas amenazantes, pero te servirán para volverte mucho más fuerte, incluso te alegrarás en un futuro lejano de haberlos pasado"
"¿Qué? Ah, que quieres un helado, Toma, y ni que los sueños ni el helado se te derritan, cuida de ellos, ya que yo no soy capaz ya. Sé tu corazón, tu cerebro, tu alma. Hazlos guardianes de todo cuanto piensas, que sean mediadores de tus miedos, ilusiones, inquietudes. Y lo más importante, cuando seas mayor acuérdate de mí, de tus padres, de tus ascendentes, y transmite este mensaje tal y como lo hemos hecho todos desde que tenemos memoria. Enseña esta receta a tus hijos, y deja al presente fluir con armonía."
"Alea jacta est"

viernes, 3 de octubre de 2014

La lluvia


El sonido de las gotas repiquetear contra el suelo mojado se repetía una y otra vez en mi cabeza. Tic, tic, tic. La noche era fresca, la brisa corría suavemente y la noche era clara. Tic, tic, tic. No paraba.
Estar ahí era un auténtico espectáculo. Desde la parada de autobús, se veían las luces cosmopolitas de la gran ciudad que se hallaba unos cuantos kilómetros más lejos de nosotros tintineando vivamente. También se oían las últimas gotas de lluvia que nada tenían que ver con la tromba de agua que atronó la carretera hace relativamente poco, unos cuantos minutos.
Noté tu brazo rodeándome, caliente en contacto con mi fría piel. Cerré los ojos para pensar, pensar en qué hacer para no dormirme a tu lado. Estaba tan a gusto. El sonido de la lluvia era  como si fuese una nana cantada rítmicamente, que relajaba a cualquiera que lo estuviese oyendo. Coloqué mi cabeza en la cálida y cómoda unión de tu cuello y tu hombro. Me sentía segura a tu lado. Como protegida de cualquier problema o mal en el mundo simplemente apoyándome en ti.

Suelen decir que el paraíso es un lugar, un lugar perfecto; la verdad, yo no lo creo así, creo firmemente que el paraíso de alguien puede ser también una persona. También que el paraíso era donde Adán y Eva estaban refugiados en un entorno perfecto, libre de preocupaciones, sin ningún mal. Pero creo que también se puede ser acogido, refugiado, en una persona. Alguien puede ser el ambiente perfecto para otra persona, su razón de ser, de pensar, de vivir. La causa de la disipación de todos los problemas. La capacidad de mover la mar y la tierra con tal de encontrar ese equilibrio.
Y ¿sabes? Me perdería infinitamente contigo con tal de volver a pasar momentos tan perfectos como éste. Porque un paraíso así no es fácil de encontrar.
Tic, tic, tic.
Entre la lluvia, tu calidez, y tu mano acariciándome la mejilla acabo cerrando los párpados, con una sonrisa deslumbrante en la cara.

Es inevitable, supongo.

martes, 16 de septiembre de 2014

La esfinge y el viento

(Relato ficticio)
Entré en la habitación con una ilusión desbordante. Estaba a punto de empezar una nueva etapa en mi vida, la universidad. La verdad, yo me veía todavía muy pequeña para pensar en todas estas cosas, pero bueno. Me había movido a la otra punta del país para poder formarme mejor. Y claro, iba a tener que conocer a mucha gente ahí fuera. Entre qué ponerme, cómo actuar, mi forma de hablar para poder contentar a la gente me estaba haciendo un lío. Me miré en el espejo viejo de mi habitación con gesto de desaprobación. Esa ropa era buena y cómoda, pero no la apropiada para mostrar que soy una chica que viste de forma arreglada. Cogí con resignación uno de los varios vestidos que mi madre me había obligado a comprarme y me lo puse. Me sentía como un saco rosa chicle. Pero bueno, mejor que unos vaqueros y que una camisa vieja, supongo. Suspiré y me tiré en mi mullida cama concienciándome de que iba a empezar algo totalmente nuevo y desconocido. Cambié de posición y vislumbré un libro que descansaba en la mesilla de noche; era el libro de cuentos infantiles que me contaba mi abuela de pequeña, francamente, no podría haberlo tirarlo después de todo este tiempo. Abrí las páginas con cierta nostalgia y con sumo cuidado. Fui pasando las páginas y vi un cuento del que no me acordaba para nada, qué raro. Se titulaba "La Esfinge y el viento", al parecer anónimo.

"Cuenta la leyenda que en el Antiguo Egipto, los humanos empezaron a conocer los materiales y cómo manipularlos, y con aquellos avances y conocimientos que adquirieron erigieron una majestuosa y enorme esfinge. Una auténtica proeza, todo el mundo hablaba de lo increíble que era. La esfinge era feliz, siendo la más aclamada de todas las obras arquitectónicas de aquellos tiempos.
Pero los humanos poco tardaron en mejorar y aprender. Y construyeron las pirámides. Auténticos laberintos llenos de salas de momificación y veneración a Anubis, dios egipcio de los muertos. Rápidamente el mundo empezó a hablar de las pirámides de Egipto con mucha más admiración que cuando la esfinge se creó. 
Al ver esto, la esfinge montó en cólera y llamó a Ptah, el mismísimo dios creador, inventor de la albañilería y con poder sanador. 
-¿Qué sucede, esfinge? ¿Qué has?
- Las pirámides son la obra arquitectónica con más reconocimiento que yo incluso. Eso es intolerable, Señor de la Magia. Y yo, que fui la primera, la más importante antaño, he sido completamente olvidada por esos necios humanos. !Soy más bella y enigmática que esas pirámides!
- ¿Qué sugieres pues?
-Necesito cambiar de forma. Quiero ser la más bella obra arquitectónica de todos los tiempos.
-¿Aunque eso conlleve perderte a ti misma?
-Lo que sea. 
-Hablaré con Shu, el dios de los vientos y la luz, para que invoque fuertes y raudas corrientes que pasen y te modelen para que seas la más querida. 
La esfinge estaba pletórica de alegría y accedió sin dudarlo. 
Pero lo que no sabía la esfinge era que el dios Ptah le había engañado. Al ver la desbordante e innecesaria soberbia de la esfinge invocó aquellos vientos para que cada uno de los granos que conformaban la esfinge se fuesen volando con el viento para ir a parar a las dunas, las verdaderas proezas naturales adoradas por los hombres egipcios. Y así la esfinge seguiría siendo venerada."
"No por ser superior
condenes lo que hay en tu interior".

Miré con interés la última página. Y me quité ese horrible vestido rosa fosforito para ponerme lo que realmente quería yo, la ropa cómoda de antes. Me miré al espejo y me reí. Ya sabía perfectamente lo que iba hacer. No dejarme perder por los demás como la esfinge. La clave de ser feliz es uno mismo.
Con una sonrisa puesta en la cara, y la última frase grabada a fuego en mi mente, salí de mi casa para empezar algo totalmente nuevo.

domingo, 15 de junio de 2014

Sin título

No sé qué escribir. No lo sé, francamente. Lo más normal es que me apoyo en la balaustrada, miro el paisaje, el cielo, los pájaros, la gente pasar, y dejo que las ideas me fluyan, me llenen el alma, me sanen por dentro. Que discurran como un río armonioso lleno de colores y sensaciones tan bien conectadas unas con otras, tan bella combinación forman que hacen estremecerme, hacen que sienta muchas sensaciones por ideas y  que ni siquiera son reales o que ni que nunca o casi nunca me ocurrirán.
Y llega el momento de plasmarlo. Y mis dedos corren, a contrarreloj, antes de que esas ocurrencias repentinas no se me desvanezcan de mi mente.
Y logro al fin terminarlo. Probablemente me parezca media hora más tarde un relato horrible y despreciable, pero en estos momentos a mis ojos me parece la composición más armoniosa que he escrito jamás.

Pero últimamente esas cosas no pasan... Ahora veo las cosas de una forma distinta, no llego a ese punto de armonía. Supongo que es el estrés. O eso es la excusa universal para todo que las personas suelen poner.