lunes, 24 de julio de 2017

De mudanza

Estimados bloggeros... ¡Estamos de traslado! Me mudo a wordpress.
El propósito del blog es exactamente el mismo, sólo que con ánimo de darle un pequeño lavado de cara, me cambio de plataforma, pero os juro que soy exactamente la misma de siempre, y seré. Lo importante es escribir.
Os dejo aquí el enlace --> https://cabalasinsomnes.wordpress.com/
Esto no es una despedida, es una mudanza.
Nos vemos en Wordpress ^^

domingo, 23 de julio de 2017

Aguas

Yo quise ser corriente de río, yo sola me volví estanque, turbia y con sanguijuelas. Y ellas mismas chuparon de mi agua.

(Microcuento)

martes, 18 de julio de 2017

Gotelé

Lo único que se oye en noches como esta es el sonido tintineante del ventilador que no cesa y mi respiración sosegada y constante, inquebrantable por los frágiles brazos de cristal del sueño que intentan cazarme sin éxito.
En noches como esta lo único que haría sería correr, hundirme en la arena, meterme en el agua sin brillo y notar cómo la humedad se postra sobre mi magullada piel. Volar, dar volteretas, extender las alas y volar junto con mi vestido vaporoso favorito. Pero no.
Aquí estoy, como un tigre encerrado, moviéndome en mis vaivenes mentales, callejones sin salida donde al final de cada angosto pasadizo te encuentras con la  fría mirada de un pensamiento mirándote, escrutando tu ser. No necesita tocarte, ni enseñarte aquella navaja nacarada tan bonita que guarda en su bolsillo, sólo se limita a observarte. Y pesa, pesa muchísimo su presencia. Algunas noches te encuentras a uno, otras a otros más amigables. Pero a veces es siempre el mismo pesado de siempre.
"¿Me concede por duodécima vez en esta noche este baile, señor pensamiento?"
Y vuelta y vuelta y traspiés.
Qué bonito el gotelé. Mis ásperas manos recorren aquellos goterones irregulares y encalados cargados de memorias: de pequeña me imaginaba que aquellas gotas dentro del mar del gotelé encarnaban historias que mi cerebro creaba, como naufragios, madres llorando desconsoladas por la marcha de su hijo o simples bailarinas que con su finísimo tutú y su moño adornado hacían una preciosa coreografía. Vidas encerradas en trocitos de pintura.
Me he hecho amiga del techo. No me dice nada, pero yo se lo digo todo. Es muy alto, y tengo que levantarme para tocar con las yemas de los dedos su rugosa superficie y así escuchar su historia. Quisiera que se desahogarse conmigo tanto como lo hago yo con él, pero no hay feedback. Se cierra y no quiere hablar. A lo mejor es una forma de decirme que debería dejarme de gilipolleces y simplemente dormir como hacen las personas normales.
Pero no, no quiero. Hoy quiero hablar con el gotelé. Hoy quiero interpretar las historias rupestres escritas en la pared y conectar con su almacén de recuerdos hasta enloquecer y no saber qué recuerdo es mío y cuál suyo. Hoy quiero fundirme en la imaginaria arena y ahogarme voluntariamente y solo por hoy en mis pensamientos aunque eso me desgarre en trozos irregulares.
Solo por hoy.

jueves, 29 de junio de 2017

Hotel polifacético

Me presento: en el centro de mi ser tengo un hotel, un hotel curioso, que nació de mi pecho moribundo y sociable a la vez que ofrece hospedaje a pequeños peregrinos que tras pasar jornadas enteras a la interperie lo único que quieren es un hogar. Pues en mí encuentran todo lo que buscan: una cama, un sillón, y un timón. ¿Un timón? ¿En una habitación? ¿Qué diseñador de interiorismo ha hecho eso?
Sí, señores, un timón. Con él, ellos me dirigen, mueven mi boca, mi expresión, parasitan mis ideales y cambian mi serenidad por prontos o llantos permanentes.
Entre los clientes, suele venir un hombre con los pelos alborotados, con sudadera sucia de ganchitos oliendo  especialmente mal, vago... De todo, la verdad. El pobre hombre solicita siempre una suite de comfort para no moverse de ahí y no tener que bajar al buffet libre a probar platos nuevos. Su hermana, totalmente distinta, es una chica atlética, fornida y mundialmente conocida por mover montañas. La verdad, no sé cómo lo hace,  tampoco he podido hablar con ella porque se hospeda muy recurrentemente a mi desgracia (usa como excusa que tiene que mover muchas cosas, demasiadas). Es una pena, pero me encantaría que se quedase, al hotel le es de gran ayuda su simple presencia.
Vino un chico. Pero alguien especial, que acaricia mis paredes con esmero y cariño, que pintarrajea corazones mal dibujados en su mano y luego me los enseña. Un cliente de oro, el que hace la cama de la habitación y se limpia él solo su espacio. Siempre nos pone un 10 en la encuesta de satisfacción, y nosotros a él. Es perfecto. No quiero que se vaya nunca.
Pero a veces los cuervos emprenden el vuelo, y aunque en la encuesta de satisfacción pongan un 10 las cosas son más complicadas (no eres tú, soy yo) y nos dejan desolados, con la habitación zarrapastrosa. Cuesta encontrar clientes 10 para que se queden permanentemente en la habitación que les ofrezco. Más de lo normal. A veces si no les gusta la entrada principal, ni entran a verlo por dentro. Necios, si es mucho más bonito en el interior, qué cosas.
Aunque sin duda, la visita más tristemente relevante es una mujer que viene una vez al mes, con un manto rojo, aterciopelado, alta, tacones de aguja brillantes color burdeos y mirada felina. Es una huésped curiosa, tiene una manía de clavar sus tacones de aguja de tal forma que parece que va a perforar el suelo, provocándole dolor, ya que el suelo siente y palpita también, como cualquiera. De su manto espeso cuelgan cuentas gelatinosas parecidas a rubíes que cuando impactan contra el suelo se convierten en riadas intermitentes de líquido rojo a borbotones que buscan salir al exterior cuanto antes. Me desconcierta, me enfada que clave tanto  y tan fuerte esos tacones, y eso me frustra más que nunca. Grito, pero nadie escucha mis sordas clemencias a la nada. Y ella, miope, contradictoria y sorda también pero más segura que nadie, se marcha tras haber dejado el suelo agujereado. Es curioso, pero cuando se va me da hasta igual los agujeros, como que ya no noto que están ahí. Ya crecerán.
Y así soy yo, un hotel polifacético, un cúmulo de huéspedes cada cuál más interesante de contemplar y hablar.
Esperamos su visita.

miércoles, 28 de junio de 2017

Texto y dibujo por el día de la autoestima (27 mayo)

Ha pasado mucho tiempo, desde febrero que no me paso por aquí. Tengo que deciros que lo siento, esto va por inspiración y estos meses no he tenido la necesidad de escribir tanto como otros meses... En fin, ahora tengo en mente hacer un poema que creo que me puede quedar bastante bonito, así que cuando lo tenga lo subiré.
Mientras tanto, quiero subiros un pequeño texto que escribí junto a un dibujo (deja qué desear, todo sea dicho, sobre todo la mano de la chica, además de los chorretes de tinta que soltaba el boli con el que lo repasé xD) en instagram cuando fue el día de la autoestima, el 27 de mayo. La verdad que podría haberlo hecho más largo, pero bueno.
 Creo que si sois seguidores de este blog veréis lo importante que considero yo para la vida de una persona el hecho de tener autoestima, y más hoy en día que está visto como algo que "es un problema de adolescentes, es la edad", pues bien, no puede ser más mentira: Los problemas de autoestima pueden llevarse a cuestas a lo largo de la vida, determinando una sensación de inseguridad permanente, trastornos y problemas mentales, además de un largo etcétera.
La OMS define la salud como: El bienestar social, físico y mental de un individuo, por lo tanto, lo psicológico también es importante; no os olvidéis de ello.
Bueno, ahí va, es cortito, pero espero que os guste <3
Cuando la cárcel de tu piel se convierte en un hogar, cuando le devuelves la sonrisa a ese reflejo lúgubre del espejo que tras tanto tiempo te ha estado esperando, cuando por fin, por fin decides gobernar democráticamente sobre ti mismo, ese momento, es único. Que las lorzas, los miedos y los complejos salgan para que entre buen rollo y amor, amor por cada centímetro de tu morada.
Sobre todo estos días de tanto estrés: está bien no poder con todas, porque somos personas y tenemos nuestros límites, porque no somos máquinas y tenemos más cosas aparte de datos y páginas subrayadas dentro de nosotros.
Hoy se canta el eterno y armonioso himno de amarse a uno mismo.
⚡Feliz día de la autoestima ⚡

martes, 14 de febrero de 2017

Romance contra machismo

Hoy por San Valentín, he ido a un recital de poesía feminista, y la verdad que me dio el venazo ayer por la tarde, y dije: ¿Por qué no? Y decidí escribir un romance (versos de ocho sílabas con rima asonante en los versos pares) para recitarlo delante de todo el mundo. He de confesar que ha sido una experiencia única, y es la primera vez que recito o cuento algo delante de tanta gente de mi producción. Os lo dejo por aquí, espero que os guste <3

Tuve miedo a perder
una guerra contra  nadie,
mil noches pasé sin saber
cómo poder ser sin alguien.
Yo soy esa funambulista
con pánico a las alturas
que vaga por tus aristas.
Yo ilustro cómo ser sierva
de ti, de tus tentativas.
Me has llamado soplo antártico
por ser sin querer muy arisca,
me has atrofiado las alas
con tus cadenas machistas.
Me costó romper las vendas,
que, siendo tan abrasivas
carbonizaron mis ojos
y pudrieron mi alma viva.
De aquel muñeco hueco que fui
a merced de la marea,
nació un grito dorado
que rasgó la noche entera.
El bufón enmudeció
y oyó con franca tristeza
los cantares que emanaban
de aquella lustrosa fiera.
Necio es, fue y será
al rogar falsa clemencia
ante tal osada bárbara,
que ni le miró, ligera
dejando tras su ancho paso
una pura y clara estela.
Huyó, nadie sabe dónde,
nadie le siguió la pista,
nadie así quiso entender
el porqué de tan pronta huida.
Corrió, voló, planeó,
Huyó hasta de sí misma,
pues quien marcha con paso firme
soporta todo en esta vida. 

jueves, 19 de enero de 2017

La magnolia

Hoy vengo a contar una historia. Una ordinaria, que trata sobre una historia mediocre, pero que para mí siempre cabrá en lo más profundo de mi alma. Hoy vengo a hablar de su historia.
Mi madre se llama Zamara. Ella me contaba siempre con gracia mientras me trenzaba el pelo cómo conoció a mi padre en Triana canturreando por la ventana de su casa bulerías. Un instante, un segundo, y su vida cambió. Y ya nada fue igual.
Según me contó, ella vivía en condiciones deplorables y cuando se casaron mi padre compró una pequeña y pintoresca casa en Cazalla de la Sierra, un pueblo pequeño, para empezar una eterna y renovada vida juntos. Y como prueba una vez más de su amor, sellaron su compromiso plantando una magnolia, un árbol que todavía luce en el jardín.
Primero me tuvieron a mí, diez años antes que mi hermana. Ambas tenemos el pelo asalvajado y caoba de mi madre. Yo heredé los ojos color café de mi padre y mi hermana el glacial verde de mi madre. En general, vivíamos en armonía, cada uno contento con lo que tenía, y sin molestar a cualquiera ajeno al núcleo familiar. Recuerdo que un día traje una lenteja entre algodones preparada para que de esa cáscara marrón y fea emergiese un bonito y rizado brote verde de clase. Pasaron los días, y alguna que otra semana y seguía igual, y de las de todos mis compañeros había surgido un lustroso ramillete preparado para ser trasplantado a una maceta . Creo que no pillé berrinche más grande en mi vida cuando me contaron aquello. Mi madre, en cuanto me vio, me acunó y me meció hasta sosegar mi enfado. Su corazón se movía acompasadamente con el mío, y el espacio entre sus brazos ofrecía un ambiente acogedor, una lluvia frenética en aquel baldío que era mi pesar.
- Tesoro - me susurró al oído- no lo has regado, así no puede salir.
Y lentamente, fue al grifo y llenó un vaso de agua y me lo tendió con una sonrisa.
- Vamos, ya verás cómo crece.
Lentamente, lo eché, con esmero, observando cómo los algodones absorbían el agua como esponjas y se llenaban rodeando a la lenteja, como formando un almohadón.
 Y vaya si creció. En tres días estaba saliendo ya un brote verde, fuerte y sano. Corriendo, fui a enseñárselo a mi madre. Ella sonrió y me apartó el pelo de la oreja con cariño.
- ¿Has visto, lentejita? Ha crecido. Porque de eso va la vida. De rebrotar, emerger, creer... y sobre todo, de amar hasta la última gotita que eches a tu árbol.
Yo en ese momento no lo entendí, así que simplemente sonreí y fui a enseñarle a mi padre la planta.
Éramos de felices, sí. Pero todo tiene que torcerse en algún momento. Tenía ocho años cuando  mi madre enfermó. Ella, sus rasgos de gitana, y su pelo rizado no se inmutaron. Su cara con el paso del tiempo fue languideciendo, blanqueándose como las casas del pueblo cuando las pintaban. Y su melena rizada fue desapareciendo, mechón a mechón, pelo por pelo. Ella siempre bromeaba con que tenía que cambiar de peluquero puesto que nada era comparable con la faena que le había hecho.
Y así pasaban los días, entre toses, alopecias, visitas al médico, y lentejas. Pero un rayito de sol apareció entre tanta negrura, una huella de ángel. Mi madre descubrió que estaba embarazada de dos meses. Y entonces, algo cambió en su rostro y aquello le hizo vivir y no ir tirando como entonces, como decía ella: "he nacido tres veces: una por mí y otra por cada hija". Sonreía, cantaba bulerías, e incluso decidió coger un pequeño perro bodeguero que se encontró por las calles angostas del pueblo,  le llamó Florentino. Aquel perro era el alma de la casa,  cuando mi madre le cantaba se sentaba y le miraba expectante, con sus redondos ojos abiertos de par en par. Parecía que la casa volvía a estar respirando vida y exhalando la tensión que se palpaba los últimos meses.
Por fin, tras varios meses y meses de espera, mi madre "renació" por segunda vez y tuvo a mi hermana pequeña.
Creo que hay cosas que te marcan, pero la expresión de amor de mi madre, pálida y lánguida al sostener aquella pequeña criatura me generó escalofríos. Pero de felicidad. Tenía la misma expresión que cuando me ayudó a que crecieran mis lentejas, que cuando me enseñó que la vida consiste en rebrotar. Mi padre estaba al lado, agarrándole el hombro, y conteniendo profundas lágrimas de felicidad. Me tendió el enorme brazo y me cogió en volandas. Los cuatro nos fundimos en un intenso y cerrado abrazo, que hizo que todas las penurias que habíamos pasado en casa, todos los dolores, angustias y quebraderos de cabeza hubieran sido nada comparado con ese momento.
- Tú vas a ser mi pequeño brote- le susurró juntando la nariz con la suya- Un brote, Esmeralda.
Los días pasaron llenos de alegría y jolgorio con Esmeralda y Florentino en casa, parecía que eran almas gemelas.
Sin embargo, un día de madrugada, escuché vagamente desde mi cama unas arcadas en el baño, continuadas, y muy fuertes. Asustada, fui a ver lo que era. Por la rendija, vi a mi madre recolocada sobre el váter vomitando potentemente, y mi padre sujetándole del brazo. Dudé si entrar, pero por fin cesaron las arcadas. Mi madre, con la boca roja, raquítica, y más mortecina que nunca, rompió a llorar sobre el regazo de mi padre. Un llanto bajo, pero desgarrador. Mientras lloraba repetía por lo bajo "Me muero" seguidamente.
Volví a la cama, pero no pude volver a dormir en toda la noche.
Al día siguiente, mi padre fue a llevarle al hospital. Le ingresaron de emergencia y se pasó semana y media o más ahí. Mi padre se ocupaba de nosotras dos, y me encargó que yo pasease a Florentino y que regase la magnolia. Todas las tardes y todas las mañanas llevaba a Esmeralda para que mi madre le diese el pecho y para llevarle una flor. No sé en qué estado estaría mi madre, pero la expresión de demacramiento con la que volvía siempre lo decía todo.
Un día no pude evitar más el tema y le tuve que preguntar.
- Papá, mamá se está muriendo, ¿no?
Mi padre me miró fijamente. No dijo nada, lo único que hizo fue abrazarme fuertemente. Noté cómo mi pequeña y tupida cabeza se humedecía.
- Mañana iremos a ver a mamá.
Y así fue. No pude evitar poner cara de sorpresa al ver cómo estaba. Habría perdido diez kilos desde la última vez que pude verla. Ella, en cambio, esbozó una sonrisa de oreja a oreja que movió todas las arrugas y ojeras a un lado.
- Hola, tesoro- me abrazó y me meció- Hola, lentejita. ¿Qué tal está Florentino?
-Pues la verdad que está triste. Creo que te echa de menos.
Ella rió.
-No te preocupes, que enseguida estaré en casa. Mañana me dan el alta y estaré ya en casa, y cantaré bulerías contigo, Esmeralda y Florentino, ya verás qué bien lo pasamos.
- ¿Estás ya bien?
- Estoy bien, quizá no lo parece, pero estoy más a gusto que nunca aquí con vosotras- se recostó e hizo una pequeña pausa- Hija, oye. El tiempo que tarde en ir a casa voy a estar un poco ocupada, pero os voy a echar muchísimo de menos, no sabes cuánto. Tengo que arreglar unas cuantas cosas, pero mañana estaré ya con vosotras. Aquí también - Su mano huesuda me tocó el corazón, que palpitaba. Y recuerda: rebrotar, como la lenteja. No lo olvides. ¿Me prometes que nunca lo olvidarás? ¿Y que hasta que llegue a casa cuidarás a Esmeralda?
- Te lo prometo, mamá- Ella esbozó una sonrisa, y creo que vi salir de su ojo una pequeña lágrima. Tampoco entiendo qué tiene de emotivo hablar de los recados que hacer antes de ir a casa, pero bueno.

Han pasado diez años y Esmeralda ha crecido como un brote, lustrosa, bonita y fuerte. Me pregunta mucho por mamá, y a veces no sé por dónde empezar. Prefiero cantarle una bulería y enseñarle cómo Florentino se queda quieto, como si el tiempo se detuviese. Es una niña muy curiosa, me recuerda a mí de pequeña.
Una vez me preguntó por la magnolia, y cómo en los últimos años había crecido extrañamente más de lo normal. Hubo unos tres años que retrocedió y se secó, casi al punto de parecer muerto el árbol, pero este año han salido unos pocos capullos de flores blancas como la cal. Yo lo único que pude responderle a eso fue:
"Porque de eso va la vida. De rebrotar, emerger, creer... y sobre todo, de amar hasta la última gotita que eches a tu árbol".
Y te sorprendería, mamá, pero desde que Esmeralda lo riega salen más brotes que nunca.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Anatomía del cielo.

El día se tornó sin previo aviso lluvioso, como si de la típica estampa inglesa se tratase. Pero no era Inglaterra. Por eso me extrañó. Lo único que me apetecía ahora era un café caliente y humeante con leche de avena.
 Las cortinas dejaban pasar unas tonalidades rosas y anaranjadas que se fundían con la pared, infundiéndome cierta sensación de calidez a pesar de todo. Se ajustaban a los pequeños montículos del gotelé como si fuesen ondas de un mar rojo de lava. Llegó a mi agarrotada y enrojecida nariz un olor  reconfortante de café y leche de avena.
Notaba un frío glacial en mi ser, como si me paralizasen los músculos. Demasiado que hacer. Demasiado que retener en mi mente. Demasiado que pensar. Demasiado.
 Mi mente se hallaba en una encrucijada: pero ésta estaba a su vez calculando y organizando las próximas dos horas que iban a ser una pura maratón memorial. Yo como tal trabajaba, pero los datos fluían como meros soplos de aire sin importancia por mi corteza cerebral, paseándose caprichosamente y jugando conmigo en vez de quedarse estáticos, como debía ser.
Durante este juego desequilibrado apareció la leona de la casa, dándose cabezazos sordos contra la pobre puerta. Su pelo abundante y sedoso de la cola me recorrió el tobillo sutilmente, como si pensase que no le hubiera oído.
Resoplé. Lo que hacía siempre sin excepción era subirse sobre mi ordenador y esperar a que le diese caricias en su tupido vientre, mostrándomelo mientras emitía ronroneos de una forma bastante estridente y alta. Pero esta vez no iba a ser, no. Hoy sí que no.
Sí, se subió a la mesa, pero no se fue hacia mi ordenador. Simplemente, se sentó, tan grácil como siempre, y se puso a observar el cielo lluvioso fijamente, con las orejas puntiagudas recortadas sobre el fondo, como si nada más importase en el mundo. Pareció pararse el tiempo, mientras ella giraba la cabeza con curiosidad mientras contemplaba con fervor cómo simples gotas se chocaban y resbalaban contra el cristal. Como una frontera invisible que le separaba a ella y a mí de aquel frío y cruel pero a la vez bello mundo. Y llamadme loca, pero sé que lo hizo para que me levantase de aquella gastada silla para ir a por el café con leche de avena. Tomando sorbos lentamente para no abrasarme, me coloqué a gusto, y, como ella, me puse a mirar el cielo. Como si nada importase.
Y es que era cierto, nada importaba más que eso en ese momento.


domingo, 25 de septiembre de 2016

Bosque, agujero negro e hilo.

Estimada hoja de servilleta rosa:
Ya puedo moverme. A pesar del dolor he podido deslizar las piernas, estirar un poco el abdomen para acercarme a la baja silla del comedor y poder relatar esta gran hazaña que me acaba de suceder.
Pero por supuesto, voy a explicar las circunstancias de mi paradero: las cinco de la tarde, las cuatro en las islas canarias. Estoy sola como podréis pensar muy razonablemente en un albergue cerca de la sierra de Zamora. Un lugar perfecto para perderse y solitario,  justo lo que yo busco en verano. Por la noche se ve un cielo perfecto para ver las estrellas y buscar constelaciones. Lo peor de todo son los bichos.  Desde saltamontes en la cama hasta mosquitos en el revuelto de ajetes y gambas para cenar, no hay escapatoria. En cuanto a la decoración, he de decir que está absolutamente todo hecho de madera, hasta la silla donde me estoy sentando. No me extrañaría que alguien se marease mirando fijamente a cualquier lado por el infinito entramado de madera de la estancia. Además, está lleno de encaje. El papel higiénico está cubierto por una tela con encaje,  el mantel tiene un reborde de encaje blanco espeso, entre otras muchas cosas más. Parece una casa de la abuela. Solo le faltan las rollizas figuras de niños de porcelana con los pómulos sonrosados e hinchados haciendo tareas cotidianas con sus amigos mirándote con cara compasiva, como si te estuviesen pidiendo que les sacases de ahí. Si no fuese por ese detalle ínfimo os juro que pensaría que mi abuela se ha mudado a la montaña y se ha instalado en este pequeño bungalow. Por cierto, el dolor que sufro es de ovarios, el que no deseo a nadie, pues no ha habido dolor como éste que me mantenga inmovilizada en posición fetal durante dos horas. Por lo tanto, es obvio que mi familia se haya ido a hacer escalada. Me insistieron para que fuese, pero yo les dije que lo máximo que iba a poder subir era dos o tres metros si alguien me empujaba hacia arriba con mi posición de pelota. Después los metros que bajaría pendiente abajo inmovilizada serían muchos más de dos o tres.
Miré por la ventana el paisaje de postal de hoy: las nubes habían escapado para dejar mostrar el lustroso cielo en todo su esplendor, los pinos rellenaban los huecos  de las escarpadas montañas, hasta los geranios de la repisa habían salido, vivaces y contentos.
Estuve planteándome un buen rato salir en vista de que mi dolor me había dado una tregua y que el día no era tal para quedarse mirando tras una ventana cuando una ráfaga peluda me acarició el gemelo.
Qué tonta. No he hablado del gato. Ha venido con nosotros, es negro como una sombra y gordinflón. Su color azabache hace que no se distinga nada más que sus ojos color esmeralda. Se postró en la moqueta sin quererlo de forma muy elegante, dando pequeños golpes con la cola en el suelo. Le acaricié la parte trasera de la oreja izquierda mientras entrecerraba los gatunos ojos y ronroneaba.
Me di cuenta, así,  por casualidad, de que de mi camiseta salía un largo hilo. Lo alcé para comprobar su longitud cuando el gato lo miró con sus ojos abiertos al máximo.
Creo que no he comentado bien lo increíbles que son sus ojos: parece que alguien ha estirado una manta larga y peluda de color pistacho sobre aquel mundo curvo. Si los miras detenidamente puedes atisbar unos "pelillos", como brotes de hierba, que han sido paralizados por una granizada, dándoles un tono glacial.
Me tumbé enfrente de él y le mostré el hilo. Sus pupilas se expandieron, arrastrando con ella la selva amazónica que tenía por iris. Parecía un agujero negro que se tragaba toda aquella materia que luego la escupía cuando se contraía al parar el hilo. Mover, expandir. Parar, contraerse. Repetí aquel experimento hasta que me aprendí hasta el último movimiento de esos pelillos, la última montaña y depresión que aparecía en aquellos círculos perfectos. El gato se cansó de mi investigación precaria y hizo un ademán de arañarme sin sacarme las garras.
Cambié de posición por si acaso y me pregunté: ¿Por qué es así?  ¿Tendrá un mundo microscópico en sus ojos?
De perdidos al río.
Miré al techo y estuve convencida de que aquel gato tenía un mundo gigantesco y flexible  por explorar tras esos ojos. Y era mi cometido estudiarlo. Él, por la mirada que me echaba,  parecía reacio a presentarse voluntario.
Básicamente,  quería relatar esta dolorosa pero entretenida tarde que he tenido. Que ya tengo clara la relación  entre un bosque, un agujero negro y un hilo, nada más.
Algún día, gatos, algún día.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Callada

Callada.
Callada, sola pero rodeada de gente. Mis pupilas se mueven, no están fijas. Mis oídos están atentos a  lo que dicen. A todas las conversaciones que hay a mi alrededor. A las miles y millones de palabras y sonidos que intercambian. Algunos están debatiendo. Otros están conversando sobre cosas simples y banales. Preguntan cosas a las que yo sé la respuesta. Algunos argumentos son muy necios, y merece la pena que los rebata. Pero permanezco callada.
 En la perfección del silencio, cuando irrumpen sonidos, permanezco callada. Como un tótem, no despego mis secos labios. Mis cuerdas vocales no vibran. No quiero que vibren. No necesito que vibren.
No quiero hablar. No me apetece pronunciarme para aportar comentarios necios y vacíos. No me siento avergonzada por no hablar. No quiero hablar. No puedo hablar.
No tengo nada que ver con esa gente. No necesito saber sobre ellos. No quiero saber sobre ellos. No necesitan saber sobre mí. No quieren saber sobre mí.
Entonces, ¿Qué hago yo aquí? ¿Por qué hay una fuerza invisible que aunque no quiera, me persigue y me atosiga? No quiero estar aquí. No quiero. No quiero nada.
Me dejaré llevar a ningún lugar. A lo mejor soy yo. O son ellos. O es que no tengo claro si quiero o si no. ¿Si sí o si no qué? La cabeza me da vueltas. Los sonidos resuenan y rebotan en mi cabeza. Me palpita, causando una dolorosa sensación de mareo. No siento el asiento del autobús. Sólo los oigo a ellos. No puedo prestar atención a nada más. Pero no quiero prestarles atención. No necesito prestarles atención. ¿O sí quiero? Sólo quiero saber lo que quiero. Y lo que necesito.
Necesito algo, pero no sé. Quiero algo, pero tampoco.
Mientras tanto, permanezco callada.

lunes, 11 de julio de 2016

Admiro

¿Es justo todo lo que sufrimos? La estupidez, la llanura, el dolor hace de este mundo digno de ser tirado a la basura, de tacharlo de generalidades, contaminarlo, llorar, enfadarse, patalear, suicidarse, matar.
Desvanecerse, desintegrarse, volar con el viento. Y ya está.
Admiro a esos ermitaños que recelosos de lo que acontece por sus alrededores se escapan, en un viaje a quién sabe dónde, se abandonan a sí mismos, escapan de su acogedora coraza como un soplo plateado y se inventan lugares nuevos, donde la perfección es una cualidad más poco ostentosa, las criaturas más caprichosas lo habitan y los lugares por explorar son infinitos.
Admiro a aquellos que se aventuran a buscar la felicidad en los lugares más recónditos y poco probables de encontrar, entre lo vulgar y sencillo, los que nadan por mantenerse a flote a pesar de la tormenta que arrecia fuera. Los que, entre su paleta de colores oscuros se las ingenian para pintar un cuadro de colores llamativos.
Admiro a los que han nacido con un alma inquieta, tanto que no son capaces de callarse cualquier maldad que presencian, que luchan por el bien de sus similares y no tan similares antes que por el suyo propio poniéndolo en peligro la gran mayoría de las veces, pero que a la par enmudecen para escuchar cualquier argumento de posible mejora.
Admiro contemplar la evolución de aquellos que, anteriormente sumidos en la negrura, ya no lo están, y gracias a aquella experiencia, se han labrado un brillante escudo de conocimientos y se esfuerzan por hacérselo conocer a los que viven con él.
Admiro a los que consiguen, rodeados entre tanta miseria y barbarie y tras la espalda de sus compatriotas, salir adelante con la cabeza bien elevada, con una sonrisa pintada verdadera en el rostro, que disfrazan el complot y lo pintan con colores bellos para que los demonios negros no se instalen en los corazones de los más inocentes. Que hacen crecer bosques tropicales en los terrenos donde otros veían baldíos. Como las hojas secas que el viento arranca y posa en el suelo hasta que un nuevo soplo azaroso las levanta en el cómodo vuelo, así son ellos, pacientes, estáticos, leales.
Admiro aquellos, que tras problemas internos entre dos polos que se repelen saben mantenerse en la neutralidad y consiguen no corromperse y agarrarse a ellos mismos en el sendero de la vida, a aquellos que juegan todas sus cartas por la sinceridad casada con la humildad, aquellos que saben identificar un gesto verdadero entre la marea inmensa de trampantojos.
Aquellos que lleváis la felicidad y la justicia como bandera, me faltáis muchos por enumerar. Y si me pusiera a hacerlo sería incapaz de finalizarlo. No sois un hombre fornido con capa y tupé, debido a que esa imagen no existe. Sois los héroes dotados del poder más importante en esta vida: la perseverancia.

“If you wanna make the world a better change, take a look at yourself and make a change”

martes, 21 de junio de 2016

Parada temporal + Romance a la imaginación

Hola, navegadores de internet:
Vengo a deciros que me encuentro en un momento de Stand By a lo que las entradas del blog respecta (no me matéis, DEJAD QUE ME EXPLIQUE), pero es NO significa que no esté escribiendo.
No sé si os acordaréis de una historia que subía por partes allá por el siglo III y lo dejé a medio porque no me convencía (Cuando Despiertes). Pues me ha venido a la cabeza estos días una idea mucho mejor a mi parecer  y con mayor capacidad de ser desarrollada, creo que puede dar mucho más de sí que la anterior, ahora las cosas tienen mayor sentido y están bastante mejor justificadas, además de que para cada detalle me estoy documentando para que la parte real sea verídica.
Lo estoy enfocando casi como libro, pues estoy introduciendo bastantes personajes y reflexiones que dan a conocer sus personalidades mucho mejor, de tal forma que llevo 3 días escribiendo sólo la primera parte que subí y me ha ocupado muchísimo más, además que he introducido más problemas, más giros de acontecimientos, y sobre todo, ese momento del principio que te deja en shock necesarios en cada cuento que escribo.
Pero para que no os sintáis decepcionados, os dejo aquí un romance si se puede llamar así que hice en 1º de Bachillerato en honor a la imaginación, que lo presenté al típico concurso literario. Antes me parecía increíble, pero ahora lo veo bastante mediocre y aburrido, pero bueno, me da mucha nostalgia y me identifico porque me considero (y me consideran) muy imaginativa. En fin, espero que lo disfrutéis, al menos la rima asonante está.
Poco frecuente de hallar,
ineficaz en algunos,
herramienta útil en otros.
Planea por el cielo oscuro,
un rastro inspirador deja
va a mí como un rayo puro.
De pronto algo en mí se enciende
 creo en mi mente mundos,
todos son tan parecidos
pero a la vez tan únicos.
Bosques frondosos,  mágicos,
magos, hechiceros, faunos,
lagos y mares verdosos
todos siempre tan profundos.
Sirenas, peces espada,
calderones vagabundos.

También villas medievales,
un verdugo despiadado
a los criminales mata…
¡los pobres tan desdichados!
Juglares trovadorescos
por las calles van cantando
historias de princesas
sufriendo por su amado.
Mitología clásica,
ninfas del bosque, centauros,
Atenea, Hades,  Zeus,
Los tres dioses alabados.
Planetas inexplorables,
Universos estrellados,
todos ellos tan hermosos
pero por siempre alejados.
Noto la luz apagarse,
 y queda todo ocultado.
Aterrizo en tierra firme,
sin prisa voy tanteando,
lentamente reconozco
esta tierra con mis manos.

¿Esto es la cruda realidad?

martes, 7 de junio de 2016

M´ aburro.

Buenos días lectores y lectoras.
Tengo que contar una manía extraña por la que me ha dado estas semanas que estoy un poco más libre de los exámenes, que consiste en memorizarme poemas cual cría de 4º de primaria. Pero es que de verdad, hay ciertos poemas que merecen la pena memorizar. Sobre todo rimas de Bécquer. Tengo un libro que me vino por herencia de mi abuelo que son las obras completas de Bécquer, en una edición de 1945, con páginas delgadas y suaves, y un olor de esos profundos de libro que me pasaría con las narices metidas en él de por vida. 
Y, ¿por qué os estoy contando esto? Por nada,  simplemente no tengo nada mejor que hacer, y creo que no está mal que lo cuente por aquí para que veáis lo rarilla que puedo llegar a ser.
 Ya de paso os pongo un poema que me gusta mucho por el poco sentido que tiene (es surrealista), y aun así lo muchísimo que expresa,  que se llama Ciudad Sin Sueño, de Federico García Lorca. (Este no me lo memorizo, este lo leo, que conste, a tantos extremos no llego).

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. 
No duerme nadie. 
Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas. 
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan 
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas 
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros. 

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie. 
No duerme nadie. 
Hay un muerto en el cementerio más lejano 
que se queja tres años 
porque tiene un paisaje seco en la rodilla; 
y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto 
que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase. 

No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta! 
Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda 
o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas. 
Pero no hay olvido, ni sueño: 
carne viva. Los besos atan las bocas 
en una maraña de venas recientes 
y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso 
y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros. 

Un día 
los caballos vivirán en las tabernas 
y las hormigas furiosas 
atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas. 

Otro día 
veremos la resurrección de las mariposas disecadas 
y aún andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos 
veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua. 
¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta! 
A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero, 
a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente 
o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato, 
hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan, 
donde espera la dentadura del oso, 
donde espera la mano momificada del niño 
y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul. 

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. 
No duerme nadie. 
Pero si alguien cierra los ojos, 
¡azotadlo, hijos míos, azotadlo! 

Haya un panorama de ojos abiertos 
y amargas llagas encendidas. 

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie. 
Ya lo he dicho. 
No duerme nadie. 
Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes, 
abrid los escotillones para que vea bajo la luna 
las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.




miércoles, 1 de junio de 2016

Conciencia

Nuestra especie se encuentra asentada en una de las miles esferas que se encuentran en nuestro universo, poblada de una gran inmensidad de seres vivos.
Lo que nos dota de esa pincelada de vida es la capacidad de encoger corazones, gritar de dolor, que nuestro ser se paralice, que sintamos la necesidad imperiosa de huir de nuestro espacio vital y añadir experiencias nuevas a nuestra alma vacía, y sobre todo, el establecer relaciones entre los seres que nos rodean. Estas relaciones están basadas en el respeto, en el amor, en algo tan básico como encender una llama  y comprometernos a protegerla y a no dañarla y que ningún alma maliciosa se atreva a apagarla.
Muchas veces desaparece dentro de las ideas que frecuentan nuestra mente que no habitamos solos. Igual que nuestro interior, el exterior debe estar equilibrado, si no la cordura desaparecerá.
Todo esto es muy bonito de decir, ¿no? Suena bien.
En la zona en la que habito sigue vigente e incluso amparada por la ley una tradición que debería helar la sangre de todo ser que lo presencia, pero que, por contrapartida, alegra, provoca sentimientos de diversión y malicioso entretenimiento.
A lo largo de mi vida ha habido muchos incidentes que han sido objeto de mi curiosidad, algunos los he logrado comprender, otros los he aplazado para entenderlos cuando mi mente envejezca y haya vivido más; sin embargo, siempre hay uno que se ha quedado incrustado y se resiste a cualquier punto de vista que lo arranque de la zona en la que siempre ha estado: en la incredulidad completa.
No hay nada que no te hayan hecho ya. Fuego, lanzas, palas, cuerdas... Ya se han inventado todas las formas para provocar tu muerte, todas cada cual más dolorosa en las que sales evidentemente perjudicado.  Lo has soportado todo ya. Podría decirse que eres un vertedero en el que guardamos y descargamos los desechos que ya nos pesan demasiado. La transferencia de problemas para eximirse de ellos es algo muy gratificante en el alma siempre. Miedos y ansiedades que constituyen una mezcla mal amasada que se traduce en violencia, hacia ti, por supuesto. Debe ser que la conciencia es una cualidad exclusiva de ciertos humanos.
Se me encoje el alma al observar estos animales en la vida libre. Grandes y voluminosos, son imponentes a la par que mansos. Su mirada es algo increíble. Transmiten serenidad, belleza, inocencia. Nobles, son ajenos a lo que les va a ocurrir  más tarde.
Es curioso los berenjenales en los que nos metemos los humanos. Siempre nos las arreglamos para estropear todos los ingeniosos mecanismos que la naturaleza ha dispuesto con amabilidad. De hecho, es mi propia especie la que participa en la "matanza digna" de este animal.
Porque, el hecho de morir lentamente delante de un coro que vitorea a favor de tu muerte ejecutada por un verdugo disfrazado de luces confusas mientras se burlan de tu existencia rezuma dignidad. He de decir que incluso hay caballos, primos hermanos tuyos, que son cómplices sin ellos quererlo de tu muerte, ya que les tapan los ojos para que no se percaten de la atrocidad que están haciendo.
Cada día que pasa intento entender el por qué de toda esta locura, quizá la razón que más entiendo es la cantidad de ingresos que acumula, ya que desgraciadamente, personas de otros países asocian esta estúpida tradición con nuestro país. Es curioso a la par que terrorífico analizar el hecho de que hay millones de humanos, con mis mismas cualidades psicológicas, con la misma estructura cerebral que apoyan este hecho, y además, disfrutan con ello. Muchos rebatirán estos argumentos con la insostenible idea de que es una afición, como a quien le gusta el fútbol. En el fútbol que yo tenga constancia a los jugadores no se les tortura hasta la muerte. Pero bueno, tengo que admitir que no me considero seguidora de este deporte así que será eso. A lo mejor es que nos estamos equivocando al definir el concepto de "humanidad", del latín humanitas,  que se define como la benignidad, mansedumbre y afabilidad. ¿Afabilidad consiste en matar y disfrutar de ello? Me parece que os equivocáis, lingüistas.
Si tuviera la oportunidad de hacer algo, de parar esta locura, lo haría. Y lo estamos haciendo. Por suerte, hay personas (entre las que me incluyo) cuyo ser se estremece al oír tales noticias sobre tu humillante e injusta muerte. Cada vez es menor la proporción de personas que carecen de conciencia y están a favor de esta atrocidad. Lentamente, pero lo estamos erradicando.
Ya es cada vez menos un sueño y más una realidad.
(Dibujo tomado de Luiso García)

sábado, 9 de abril de 2016

Tú mismo, tu mayor enemigo.

Hoy vengo a hablar de un tema que padece la gran mayoría de la humanidad, que es terriblemente común, y por el que yo he pasado durante gran parte de mi adolescencia. Llevo mucho, muchísimo tiempo queriendo subir esto pero no me he sentido que fuese del todo verdad.
Ha costado, pero ya me siento libre. Todo este tiempo me he sentido atada a... ¿nada? sin sentido, sintiéndome inferior y por eso privada del derecho de hacer ciertas cosas, de ponerme cierta ropa, de no corresponderme con los cánones de belleza... En fin, puedo afirmar que me siento satisfecha de haber pasado por aquellos quebraderos de cabeza, porque lo que no te mata te hace más fuerte.
Me han servido para contrastar, aprender, y sobre todo, para evolucionar.
Realmente, nadie me decía gran cosa, alguna vez, pero la que más miedo, más pánico al ridículo, a lo social tenía era yo misma. Mi mayor enemigo era yo misma. Mi obstáculo para avanzar era yo misma. Mi problema más grande era yo misma. Pero de repente llega un momento en el que te levantas, te miras al espejo y decides cambiar. Eliminas todos esos pensamientos negativos gradualmente y decides cuidarte. Una vez leí una cita relacionada con todo esto que me encantó. Decía así: "Tu cuerpo cierra y sana tus heridas, repara y fusiona tus huesos cuando se rompen, tu cuerpo te ama. ¿No es momento de que tú lo ames a él?
Y eso es el quid de la cuestión. Tenemos la estúpida e inservible costumbre de basar nuestra felicidad en algo externo: un novio, un amigo... Pero es que el verdadero cambio está en ti mismo. ¿Cómo vas a querer tú a alguien si no te quieres? ¿Cómo va a salir eso? Una relación basada en la inseguridad, el mangoneo y la manipulación.
En mi vida he tenido muchas personas que me han hecho sentir inferior, inservible, tonta, inferior, minúscula, me han dejado de lado. Pero tengo que darles las gracias a esas personas. Gracias de verdad. Sois equivalentes a un examen de física en mi vida. Todos al final los he aprobado así que estoy contenta.
He aprendido a quererme. Ahora me río más porque me da igual las arrugas tan raras que se me hacen en los pómulos. Ha costado, vaya si ha costado, pero he aprendido a querer mis muslos grandes y celulíticos, ya puedo ir en pantalón corto y bikini y que me dé igual. He aprendido a querer mis estrías, mis clavículas que se me notan tanto, mi mechón rubio natural, mi piel blanca como la leche, mis ojos enanos, mis caderas anchas contra las que tanto he luchado por esconder o disimular, ya me compro camisas que enseñan el ombligo pero que siempre me daba miedo enseñar, me pongo más vestidos, me maquillo más.
Llena de imperfecciones, destrozos, remiendos, pero sí. Ya sé enhebrar la aguja y coserme los desgarros, ya soy fuerte, segura de mí misma. Mi cuerpo es mío, y de nadie más.Y por supuestísimo que tendré caídas por este tema, como todo el mundo, pero la mentalidad ha cambiado totalmente. El proceso de aceptación es largo, larguísimo, todavía no he terminado para nada. Sigo considerando mi cuerpo una cárcel que me priva de actuar de cierta forma que me gustaría, pero en un grado mucho menor por suerte.
Si me estás leyendo y has sufrido problemas de autoestima, te sientes inferior, recuerda que, al que más debes esforzarte por gustarle eres sólo a ti.

sábado, 12 de marzo de 2016

.

El día se hacía muy cuesta arriba. No se gustaba. Se odiaba por el simple hecho de existir, sentía que no encajaba con ninguna de los roles que el mundo le imponía. El látigo de la insensibilidad, la pasividad, el orgullo en exceso de los que le rodeaban le azotaba sin cesar y le magullaba su corazón dolorido. Le lijaban el alma, le obligaban a ser alguien que ella no quería ser, alguien perfecto, orgulloso de más, y ese perfil no encajaba con ella. No se sentía a gusto ni con ella misma.
Todas las tardes del verano las pasaba apoyada en la balaustrada observando los colores vivos de la puesta de sol, las nubes danzando caprichosamente alrededor de una pequeña esfera ardiente. Pero ya nada. Lo contemplaba y no le decía nada. Las formas azarosas que tanto le apasionaban de aquellas nubes se habían esfumado como el humo, ahora parecían de un color grisáceo apagado, y el sol no irradiaba tanta fuerza como antes. No había día que no le recordasen su mala forma de vestir, su...
"¿Qué pasa, pequeña?" 
Aquella voz era familiar, la reconocería en cualquier sitio.
"Me siento pequeña, inútil. No sirvo para vivir en este mundo".
"Eso no es del todo verdad. Mira, haz lo que te digo. Frótate con fuerza los ojos. Pero con mucha fuerza, no tengas miedo"
Ella hizo lo que aquella voz le pidió en su cabeza. Se los frotó, y en aquel vacío minúsculo que se formaba en sus ojos empezó a vislumbrar formas. Algunas fijas, otras móviles, tan caprichosas como aquellas nubes que miraba antes con tanto fervor. Parecían estrellas. Eso es, estrellas. Le palpitaban los ojos por habérselos frotado con tanta vehemencia. Intentó mirar más allá, salirse del simple marco de sus ojos para acceder al de la imaginación. Atisbó vagamente más estrellas, y más. Todas distintas, nuevas. No podía tocarlas, pero notaba cierto calor reconfortante a medida que las iba dejando de lado.
"¿Ves estrellas verdad? Son todas y cada una hermosas, brillantes y únicas, y hay muchísimas, más de las que tu vista puede alcanzar. Encierras dentro de ti un universo enorme, brillante, hermoso y único, como todas estas estrellas. Sólo tienes que dejarlo brillar".

domingo, 24 de enero de 2016

El cuaderno y yo, yo y el cuaderno.

Nunca me cansaré de reiterar la belleza de escribir. Es algo tan automático en mi mente, tan integrado, que es mi respirar, mi oxígeno. Muchos días (últimamente bastantes, estoy volviendo a una época en la que escribía mucho) me siento ofuscada, asaltada y atosigada por mi mente, y simplemente no puedo hacer otra cosa que escribir, dejarlo reflejado en el papel. Es casi doloroso no poder hacer esto que digo cuando realmente lo necesito, y un alivio cuando cojo mi lápiz, la libreta y ya está, se acabó todo. Mi mente vuela entre mundos que mi subconsciente proyecta y construye a su merced, Muevo la mano. No estoy. Bueno sí, en un bucle de historias, pan con frutos secos, guitarras eléctricas, soles infinitos, cuadros, animales y libros, y yo en el centro.
Muchas veces miro el cuaderno porque me gusta recordar qué es lo que me llevó a escribir cada cosa y ver mi evolución a lo largo de los años. Porque mi cuaderno es el que mejor me guarda los secretos y el que mejor lo sabe conservar. Recuerdo momentos en los que he empezado a escribir y me he puesto a llorar, otras a reír de felicidad. Y no, no tengo buena base literaria, no tengo un buen estilo literario, no suelo usar muchas figuras retóricas y cosas que están a la orden del día de todo escritor, incluso mis ideas están mal estructuradas, pero es algo ya tan arraigado que lo necesito en mi vida. No tengo que intentar iniciar una conversación, ni fingir ser otra persona, ni intentar esforzarme por caerle bien al cuaderno (porque es imposible, pero bueno, cada loco con su tema). Suena muy cascarrabias, pero en estos momentos de escribir me comporto como un artista que tiene que retirarse a su torre de marfil para observar callado su alrededores y escribir sobre ello. Porque el mundo es un lugar demasiado bonito y curioso como para quedarse estático y no reflexionar sobre él.

lunes, 19 de octubre de 2015

Je vois la vie en rose...

En mi pueblo siempre se ha hablado de aquella chica. Ella es el objeto de todo rumor o comentario que circula a través de las bocas resecas y curiosas de las mujeres mayores que habitan la zona. Es una chica joven, de dulces y finas proporciones, con la tez blanquecina y delicada, como de cristal. Lo curioso es que nunca nadie ha llegado a verle el rostro. Todo el mundo le ha visto sentada al borde del peñón, de cara al profundo mar. De vez en cuando canturreaba dulcemente La Vie en Rose, con un marcado acento francés. Se colocaba un reloj de hombre dorado y desgastado a su lado y daba de comer a las gaviotas con peces.
Lo más destacable de ella era su abundante cabellera pelirroja, rizada e interminable. Cuando contemplaba las ondas zafiro del mar se mantenía absorta, y parecía que cada bucle de sus cabellos se acompasaba al ritmo intermitente de las olas que transitaban por aquel universo de agua. Un pescador que frecuentaba la zona del peñón decidió acercarse un día a preguntarle amablemente el por qué de sus largas estancias mirando aquel paisaje. Ella le respondió con una voz amarga y descompuesta, sin apartar la mirada del agua que ese era su cometido. Que él le estaba esperando. El pescador, perplejo, se aventuró a preguntar quién era esa persona con la que tanto fervor esperaba. Entonces, se giró.
Era una cara redonda, enmarcada por la abundante cascada roja a ambos lados, una pequeña nariz respingona de duende, y unos ojos azules tan profundos y misteriosos como aquello que contemplaban tan fijamente. Eran unos ojos hermosos, pero había algo que no supo describir, algo que hizo estremecer hasta la última fibra de su ser.
Sufrimiento, dolor, angustia y soledad eran superlativos en aquellos pozos oscuros y sombríos. Sus labios estaban secos, doloridos. Ese sentimiento inundó al pescador, como una enfermedad altamente contagiosa, alojándose en su alma, retorciéndole sin piedad su corazón. Tras un intenso intercambio de miradas, ella esbozó una sonrisa casi imperceptible. Se limitó a señalar a las gaviotas y a murmurar que eso le había encomendado. Él, a medida que pasaban los días la observaba desde lejos, maravillado, cómo comprobaba la hora, y lentamente, con sus manos de hada, cogía un pez y lo tiraba hacia las gaviotas. La amaba en silencio. Amaba su pelo, sus movimientos gráciles, y su sonrisa leve pero cargada de amor y de sentimiento. Estaba volviéndose loco.
Un día tan normal como cualquier otro, en una hora tan normal como cualquier otra, cambió toda la vida marítima por completo. Se desató la tormenta más fiera de todas las habidas hasta el momento, miles de árboles cayeron, las olas estallaban con fuerza contra la tierra. Si antes estaba loco, ahora estaba a punto de tirarse los pelos. Días y días seguidos. Un día por fin paró. Corrió en busca de la misteriosa chica del peñón. Miró a su alrededor y estaba todo destrozado. Y ella no estaba. Ni rastro. Las gaviotas tampoco estaban. Observó el mar y atisbó helado una gran mancha roja intensa en el fondo. Pero no era rojo sangre. Otro rojo, uno que él conocía muy bien.
Desolado, alzó la vista al plomizo horizonte, De pronto, una gaviota se posó en el huesudo hombro del hombre. Perplejo, intentó espantarla, pero no se fue. Permaneció impasible, Dejó caer un reloj dorado que parecía de un hombre. Acto seguido, la gaviota pegó un salto, postrándose ante él imponente e inquisitiva. El pescador, que no daba crédito, esbozó una leve sonrisa, y entre lágrimas, se rió. Agarró el reloj fuertemente y se sentó, con las piernas en el borde.
Quand il me prend dans ce bras, il me parle tout bas, je vois la vie en rose...

domingo, 6 de septiembre de 2015

Hola.

Hace ya cinco años desde que te marchaste, yayo. Cinco años desde que no estás materialmente (diría más bien). Un día antes que se muriese Shakespeare y Cervantes y el mismo día que el cumpleaños de Kant, así como dato interesante. Seguro que ahora te pondrías muy feliz si lo supieses.
La verdad, yayo, lo tuviste que hacer bien, porque todos tus hijos y tus nietos te recordamos con una sonrisa en la cara. y, ¿qué tendrás de especial?, se preguntará la gente.
La verdad, como tú decías, eras una persona "normal y corriente" viviendo en Madrid, con tus cinco hijos y tu mujer. Siempre te han descrito como una persona altruista, con ganas de vivir, siempre dispuesta a dar buenos consejos, servicial, y sobre todo, con mucha capacidad de hacer el tonto. Las numerosas nochebuenas en las que los nietos te poníamos serpentinas y cualquier cachivache sin sentido en la cabeza, esas, no se me van a olvidar en la vida.
Pero, por encima de todo, ¿Sabes qué es lo que nos has enseñado a todos los que te conocíamos? Que si se quiere sonreír, se puede. Llegó un momento en el que estabas con tantos problemas de salud que el sólo pensarlo da mareo. Prefiero no contar tus problemas por aquí, por respeto a ti, digamos que estabas "como una pasa", como comentaba mamá, casi sin poder hablar, con la mitad del interior de tu cuerpo hecho metal entre otras cosas, y para matar el tiempo, decidiste aficionarte a construir maquetas de galeones. La yaya te compraba las piezas, y poco a poco las construías. Luego, tenías esa manía de ponerte a ver las películas del oeste de las 5 de la tarde en canal nou, que retransmitían siempre.
Sinceramente, cuando me decían que de salud estabas muy mal, me resultaba extraño, porque yo siempre te he visto con una luz en los ojos y una ilusión tan grande por simplemente vivir que nunca lo he visto antes. Tengo tantos buenos recuerdos en los que estás implicado tú que me cuesta recordar alguno malo. Muchas veces me pregunto qué habría sido de ti si hubieses superado esa operación hace 5 años. Probablemente seguirías haciendo maquetas y creando un buen ambiente que nadie más podría crear. Posiblemente, al ver tu estado de salud decidirías dejar de comer todas esas cosas que tomabas muchas veces para cenar, como las orejas de cerdo, Aunque, la verdad, echo de menos la cara de desaprobación de la yaya acompañada de un resoplo: "Pero cómo puede digerir esto".
Muchas veces pienso en ti, y cómo puede ser que siendo una persona tan humilde y simple eras y serás la mejor persona que he podido llegar a conocer. Tu recuerdo me ayuda a sobrellevar los malos momentos, y de das la sonrisa que de vez en cuando me falta. Por eso esta entrada no se llama ni "hasta luego", ni "adiós", sino "hola", porque siempre estarás presente para mí.
Espero que donde estés sigas regalando sonrisas y haciendo barcos para la gente de ahí tan bien como lo hacías aquí, Ahora es el momento de seguir tu camino, ese sendero que has construido tú mismo. Este no es el fin, para nada.
Así que ve, sigue tu sendero y de vez en cuando echa la vista hacia atrás, para que te des cuenta de todo lo que has hecho, hiciste, y sobre todo harás.

Alea jacta est

"Pequeña, no temas. Este mundo es salvaje y muchas bestias lo habitan, y quizá te asusten por su aspecto furioso y poco amigable. Si te sientes atemorizada por los monstruos que viven en nuestro mundo, yo te enseñaré a domarlos y a luchar contra ellos. Yo te alzaré, paso a paso, para que aprendas a caminar, a correr, a saltar, a volar. Cuando te halles en una situación en la que el pavor te atenace, te haga sentir minúscula, ten en mente que el miedo ha causado más fracasos que cualquier error a lo largo de toda la larga historia haya podido hacer. Siéntete alimentada por el fervor y la furia de aquellos, en un momento, por miedo a caer, no alzaron el vuelo. Despliega tus alas, que son perfectas para planear a través de los cielos, y nunca, nunca mires hacia abajo o hacia atrás, siempre hacia el sol naciente. La vida es como un helado, una vez que has empezado, debes acabarlo, o si no se derretirá, dejándote una mancha colorida  y perderá esa textura tan buena, volviéndose líquida, como una sopa insípida. Así que pequeña, ve. No tardes, que el sol se está poniendo ya. Una vez aprendida la teoría es necesario que la pongas en práctica. Obviamente, en los cielos hay vendavales y tormentas amenazantes, pero te servirán para volverte mucho más fuerte, incluso te alegrarás en un futuro lejano de haberlos pasado"
"¿Qué? Ah, que quieres un helado, Toma, y ni que los sueños ni el helado se te derritan, cuida de ellos, ya que yo no soy capaz ya. Sé tu corazón, tu cerebro, tu alma. Hazlos guardianes de todo cuanto piensas, que sean mediadores de tus miedos, ilusiones, inquietudes. Y lo más importante, cuando seas mayor acuérdate de mí, de tus padres, de tus ascendentes, y transmite este mensaje tal y como lo hemos hecho todos desde que tenemos memoria. Enseña esta receta a tus hijos, y deja al presente fluir con armonía."
"Alea jacta est"